por Omar López, poeta y gato
Las noches están cada vez más frías. Y en caso de emergencia, es bueno saber para qué sirve una noche fría. En realidad, sirve para muchas cosas si comenzamos a deletrear nuestro diccionario interno e iniciamos el saludable y poco ejercitado diálogo con uno mismo. Podemos partir con la A, de ansiedad, angustia o abismo o amor, amistad, amparo. Seguimos con la B, de bondad, búsqueda, belleza o brutalidad, bestia, bandido. Y así, la noche fría comienza a construir un “palacio de invierno”; algo así como una fogata íntima que hablará por nuestro yo nocturno y nos convocará a resumir los costos y las consecuencias de nuestros actos realizados en un día ya desvanecido en las hojas del calendario. Es interesante repasar conceptos, señales, gestos, actitudes, emociones, miedos, dudas, palabras, respuestas, preguntas, silencios, detalles, decisiones, incertidumbres, mitos, prejuicios, egoísmos, apuestas, estadísticas grandilocuentes del “ser y la nada” y luego bajar los párpados cansados de tiempo, para explorar otro mapa siempre sorprendente: el sueño.
Una humanidad que se había olvidado de vivir, asediada por el consumismo y la “alta rentabilidad” del látigo rendimiento; vertiginosa y mareada de éxitos y marcas mundiales que garantizaban una existencia “Premium” hoy está invadida de amenazas y temores. Cuando millones de dedos, ojos y oídos están pendientes de las redes, del incesante y a veces delirante idioma de la pandemia virtual, nuestro mundo desnuda su precariedad y su narcisismo. Se ha construido una realidad paralela y artificial que pervierte el tiempo y el espacio de las relaciones humanas. Desapareció el barrio y la “Junta de vecinos”; la pandilla bonachona y romántica…esa que “mandaba saludos” a sus enamoradas o que jugaba a “las escondidas” en una placita cualquiera. Estamos altamente robotizados y mecánicos en las conductas; desconfiados en las miradas; asegurados (hoy) hasta contra los estornudos. Mientras el virus se ríe en nuestras propias mascarillas y le hace “un combo de ofertas” a la muerte por unos cuantos miles más de potenciales clientes.
En fin, el sufrimiento del ser humano y de la sociedad, como escuela de grandeza debiera ser la norma, pero no lo es. Lo normal es ver que el desamparo y las injusticias comienzan a germinar como aquella basurita que se había escondido debajo de la alfombra y las grietas de las leyes y su aparataje ideológico, demuestran lo mezquino y reaccionario del modelo impuesto. Por ejemplo, este mismo frío que me convoca a escribir desde la comodidad de la casa, es para otras personas un cuchillo feroz de inequidad y discriminación. Los inmigrantes, en medio del desencanto y la desesperación duermen en la calle, no tienen dónde vivir y sus gobiernos recurren a esa manoseada retórica (y aquí también es pan de cada día) … “estamos haciendo los esfuerzos para…”, pero en definitiva la deriva está teñida de burocracias y lentos protocolos.
Por otra parte, la lluvia brilla por su ausencia y los ríos adelgazan las vertientes apagando su música de viento; hay lagos convertidos en cadáveres de tierra, árboles sedientos que lloran en la noche como un niño huérfano y los animales, las plantas, los insectos, los pájaros y la naturaleza envejecida afinan sus instintos vitales para superar los efectos creados por el hombre en la tragedia ecológica.
Las noches frías contienen una paradoja: Es una invitación a desnudar el alma, si es que existe el alma o a derretir hielos flotantes en el espejo de los sueños.
