La flecha de DornierPor Antonio Rojas Gómez

“La flecha de Dornier y otros relatos”, cuentos, Cristián Cisternas Ampuero. Mago Editores, 110 páginas.

Más de cuarenta años atrás, hablando de literatura, un maestro de entonces me dijo: “No interesa lo que usted cuente; lo que interesa es como lo cuente”. Algún tiempo después, en una lectura colectiva junto a otros escritores, escuché decir a uno de ellos: “Un cuento es algo que no se puede contar; si se puede contar, deja de ser cuento”. Yo, por mi formación periodística tal vez, nunca estuve de acuerdo con esos asertos propios de la llamada literatura experimental. Pero esa literatura existe, y tiene cultores destacados, como Alain Robbe Grillett, impulsor de la “nueva novela” en Francia, en los años cincuenta del siglo pasado, y su compatriota Claude Simon, Premio Nobel en 1985.

Aunque la “nueva novela” surgió hace casi siete décadas y sus seguidores, que al principio fueron legión, han disminuido notoriamente, aún hoy surgen narradores interesados en la experimentación. Es el caso de Cristián Cisternas Ampuero. “La Flecha” es su segundo libro de cuentos. En él muestra dominio del lenguaje y seguridad narrativa, que se advierte en este párrafo de la pág. 41: “Un anciano, una criatura de pulmones colapsados por el rocío de aluminio y los incendios, es esforzó en medio de inseguras armonías para improvisar una letanía, un rosario melodioso de quejas que empezó a crecer rápidamente con el aporte de otras voces”.

Otra muestra de la pericia escritural del autor la encontramos en la página 25: “En el cielo revoloteaba un enjambre de objetos diminutos, sutiles, que apenas producían un lejano zumbido, algo como una turba de palomas enormes y disciplinadas dentro de su propio caos, o de insectos densos y geométricos que tejían y destejían extraños mensajes entre las nubes”.

Están muy bien escritos estos cuentos que no se pueden contar y que responden a la posición filosófica que el autor explicita en el prólogo, página 8: “Vivimos tiempos complejos; nuestra especie trata de adaptarse, desesperadamente, a un nuevo escenario de la evolución humana: la consciencia planetaria. El escritor y, en general, el artista, hacen la obra benéfica recreando o reactivando los sueños inmemoriales de hombres y mujeres, los temores ancestrales y las esperanzas más irracionales. Mientras tanto, extraños artefactos recorren los cielos de la Tierra, y nuevas armas de destrucción masiva nos tientan con su promesa de descanso rápido y eterno. La literatura es el exorcismo para este Apocalipsis inminente”.

Publicado en Revista Occidente, septiembre de 2016