Por Miguel González T.

 Después de descubrir que las transmisiones radiales de la Armada estaban siendo interceptadas, decidieron que era necesario, iniciar una investigación que permitiese dar con los autores, pues estaba en juego la seguridad nacional. En la sesión secreta de ese día 2 de septiembre de 1942, estaba presente el Director de la Policía de Investigaciones, el secretario general y varios comisarios.

En esta reunión, uno de los comisarios que participó en el allanamiento al Club Alemán en el sur de Chile, dio la alerta de la presencia de espías nazis; por eso, se llamó de inmediato a Joaquín Serrano, un detective reconocido por su historial de arrestos; pero principalmente, porque decidieron que era el más indicado para llevar a cabo esta investigación de contraespionaje, la cual fue ordenada con carácter de urgencia. El detective Serrano, era hijo de padres chilenos, nacido en Heidelberg, donde vivió hasta su adolescencia. Hablaba alemán a la perfección, estaba casado con Allison Wenzel y tenía siete hijos: Isidora, Ignacia, Francisca, Antonia, Matías, Colomba y Rocío, la menor de todas.

A sus 43 años Joaquín era de aspecto varonil; de porte alto, contextura atlética formada en el gimnasio; se peinaba los cabellos sin gomina y usaba un bigote que hacía resaltar su mandíbula recta. Conocía todos los procedimientos policiales y al igual que sus colegas usaba sombrero de ala ancha y ambo cruzado, lo que le daba un cierto parecido a los actores Robert Mitchum y Burt Lancaster. Había sido herido dos veces en acto de servicio y sus colegas lo respetan por su valentía, de hecho era el referente de los aspirantes a detective y pertenecía al grupo de agentes de la ley, que se dedicaba a desarticular las redes nazis. Esta brigada, que en 1941 comenzó como una unidad casi informal, era más conocida como “el anexo 50”, debido a que ése era el número del anexo telefónico que tenían a su disposición. A esta unidad estaba también adscrito el agente del FBI, Jack Harper, gran amigo de Joaquín. A los pocos meses, debido a la importancia de esta unidad policial, se le otorgó el rango de departamento y se le asignó el nombre de “Sección Confidencial Internacional”, pero continuaba siendo conocida como “el Departamento 50” o “D.50”.

Al día siguiente de su arribo al país, Martin Keller fue detenido en un control policial en la ciudad de Valparaíso. En su poder tenía cinco pasaportes, cuatro con su fotografía, pero con distintos nombres. En estos se indicaba que era ciudadano alemán, colombiano, venezolano y cubano; uno estaba en blanco y no tenía foto. Keller en el interrogatorio confesó, que este último pasaporte estaba destinado para un hombre que conocía como “der Skorpion”,quién había ingresado clandestinamente al país. Joaquín Serrano, viajó desde Santiago para estar presente en este interrogatorio y recopiló importante información que le permitió concluir, con certeza, que estaba en marcha una operación destinada al abastecimiento de naves alemanas, y que el espía que comandaba dicha operación era “der Skorpion”: “El Alacrán”.

Al finalizar el interrogatorio al espía Keller, Joaquín Serrano recibió de sus superiores, la orden de comenzar de inmediato la operación de contraespionaje bautizada como: “La caza del Alacrán”. Eligió a cinco de los mejores detectives del D.50 y se autorizó para participar en esta brigada al agente especial Jack Harper.

El día 28 de diciembre en horas de la noche, el detective Serrano y su grupo allanaron el Garito de Avenida Argentina, en Valparaíso, lo que les permitió la detención de Bruno Gutman, comerciante en dicho puerto y dueño de una cadena de estaciones de gasolina. Trasladado al cuartel, fue interrogado en la presencia del detective Serrano. El hombre entró en pánico y entre sollozos confesó que fue contactado varios meses antes por un hombre con acento extranjero, que dijo ser el propietario de la Goleta “Kosmos”. Reconoció además, que le vendía grandes cantidades de combustible, ya que aseguró ser el proveedor del Ejercito Chileno y de Ferrocarriles, pues transportaba combustible entre Las Salinas y el Puerto de San Antonio. Bruno Gutman juró por escrito que desconocía el nombre del marinero, pero sabía que la goleta fondeaba en el Puerto de San Antonio.

Cuando comenzaba a despuntar el Sol, la brigada del “D.50” llegó al puerto. Con la asesoría del personal de la Armada, Joaquín Serrano allanó la goleta Kosmos. Al interior estaba un hombre operando una poderosa estación de radio. Al verse sorprendido, hizo ademán de sacar su pistola Luger, pero Jack Harper lo derribó de un golpe. Desarmado, fue interrogado in situ, confesando que camuflaba sus actividades y se abastecía de grandes cantidades de combustible, muy superiores a los que vendía y en alta mar, clandestinamente, se encargaba del aprovisionamiento de submarinos alemanes, y que desde el transmisor de a bordo, se ponía en comunicación con los barcos y submarinos. El detective Serrano, antes de dar por terminada la diligencia, ordenó que el hombre diera su nombre en voz alta, éste dijo ser: Hans Von Appen Pfeiffer, y cuando se le pidió que se sacara la camisa y desnudara su torso, observaron que el tatuaje en su hombro izquierdo, es la figura de un alacrán. Joaquín Serrano le preguntó en alemán: “¿der Skorpion?” y el hombre contestó: “Ja, ich bin”.

Esa mañana de enero de 1943, el Director General de Investigaciones, salió presuroso de sus oficinas de calle General Mackenna, se subió a su auto Dodge-Ram y ordenó a su asistente policial, partir a toda máquina en dirección a La Moneda; llevaba el informe de lo investigado por Serrano y sus hombres del “D.50”. Al mediodía de ese 20 de enero de 1943, nuestro país rompió relaciones con Alemania, Italia y Japón, los países del Eje, mientras, los detectives del “D.50” realizaban allanamientos y detenciones en Concepción, Iquique, Osorno, Puerto Varas, San Antonio, Santiago y Tocopilla.

Concluida la Segunda Guerra Mundial, el “D.50” dejó de existir. Joaquín Serrano, ya famoso por sus logros, gozaba de unas largas vacaciones de verano en Algarrobo, y esperaba tranquilamente la noticia de un merecido ascenso.