Por Milton Puga
Derecho de autor
La novela anunciaba a Kafka en la playa. La compró y la leyó. Era apasionante, pero Kafka no aparecía por ningún lado. Entonces probó con los Diarios (1910-1923). Decidió iniciar uno propio. Compró un grueso cuaderno empastado, de tapas negras. Pasó el tiempo. Las páginas seguían en blanco. Y él también. No tenía nada que decir de sí mismo. Decidió mentir. Entonces se transformó en un escritor de ficción.
Examen final
En la Antigüedad ellos no temían dar testimonio de su fe. Por eso eran apaleados, descoyuntados, desollados y decapitados. Por su fe estaban dispuestos a servir de alimento a las fieras en las tardes de diversión popular en el Coliseo. Hoy se cumple un año. Esa mañana ella iba camino a la biblioteca. Llevaba una Biblia bajo el brazo. Fue un anzuelo irresistible para él. Le puso el arma en la sien y le preguntó si aún así creía en dios. Ella dijo “sí”.
Nevermore
Perdió a sus padres siendo muy niño, recibió una formación militar y murió alcoholizado. Estaba convencido de que su doble conspiraba para usurparle su identidad. Conoció el amor en un reino junto al mar. Por poco tiempo. Los dioses se la llevaron muy pronto. Bebía en exceso. Dormía poco. Horribles pesadillas lo atormentaban: el entierro prematuro. Un buen día se adentró en la noche, como un gato negro. Las sombras lo acogieron como las alas de un cuervo. Nunca más regresó. Nunca más.
Al acecho
El niño tenía un hábito muy arraigado. Cada vez que pasaba frente a aquella verja tocaba el timbre y salía corriendo. Nadie se asomaba. Nadie respondía. Nunca. Las ventanas estaban siempre cerradas. Un niño entregado a tales juegos ignora que una ventana abierta jamás revelará tantas cosas como una ventana cerrada. En la inocencia de su juego, un niño no sabe que tras los vidrios oscuros puede haber algo más profundo e inquietante que todo lo que brilla a la luz del sol. Este niño, en particular, ni siquiera es capaz de imaginar que, cada vez que se detiene frente a aquella verja, tras esos cristales hay dos ojos que observan y esperan.
Los amantes de la tragedia
La trajeron en una carretilla. Pesaba mucho. Entre cuatro la levantamos y la pusimos sobre la mesa hidráulica. Con el pedal ajusté la altura y encendí la lámpara. El efecto era sorprendente. No el cuerpo, sino su sombra. Al aproximar el foco, sobre el piso y las paredes se formaba un oscilante paisaje de dunas. Le pedí a los auxiliares que se retiraran. Se fueron de mala gana. Padecía obesidad mórbida. Trabajo pesado. Dispuse los instrumentos y comencé. Había ingerido veneno. En realidad ella era muy joven. Miré la etiqueta que asomaba bajo la sábana. Se llamaba Julieta. Los auxiliares regresaron. Ahora traían al novio.
Érase una vez
Definitivamente no se parece a mí. Tampoco a mi esposa. Mi suegra, consternada, me increpó citando un pasaje bíblico: “El río pululará de ranas que subirán y penetrarán en tu casa, en tu dormitorio, en tu cama…” El médico, más criterioso, procuró tranquilizarnos. Nos dijo que, en general, tenía apariencia humana, especialmente en la forma de los dedos y en las dimensiones de la lengua. Ciertamente, es algo difícil de explicar. Quizá mi suegra tenga razón. Quizá debí limpiar la piscina antes de que mi mujer se bañara. Tenemos otros dos hijos. No me imagino cómo se lo van a tomar ellos. A mi esposa no le preocupa que pase todo el día en un charco. Lo que más le inquieta son los ruidos en la noche. Los vecinos podrían molestarse. A pesar de todo estoy feliz. Me consuela la esperanza de que algún día llegue hasta nuestra puerta una hermosa princesa y le dé un beso en su piel viscosa para transformarlo en un verdadero príncipe.
Al pie de la letra
De rodillas en el piso, los niños recitan de memoria la lección. Yo me paseo entre ellos. Si alguno tiene problemas para recordar algún verso, le doy un chicotazo en la frente. Cuando cae el sol, el estudio finaliza y llega la hora de la plegaria. Mientras los niños se acomodan, escucho el tintineo de las cadenas. No todos las llevan. Sólo los más rebeldes, inquietos y curiosos. Después de la plegaria nos entregamos al descanso. Poco antes del amanecer los despierto, les quito los grilletes y los envío a la calle. Cada uno lleva un tazón metálico para recoger la limosna. En la tarde regresan y me entregan lo que han conseguido reunir. Estoy orgulloso. Comencé hace apenas diez años y hoy ya administro varias escuelas. Actualmente sólo recibo niños, pero muy pronto también admitiré niñas y mujeres. Mujeres casadas que han cometido adulterio. Sus maridos están ansiosos por entregármelas para devolverlas al buen camino.
La perla
No sabemos nada de él. Ni su nombre, ni su origen, ni su historia. Los pescadores lo encontraron vagando en la playa, cerca del muelle. Vestía un traje de buen corte y estaba empapado. Jamás ha pronunciado ni una sola palabra. Pero aquí todos lo queremos. Tiene entre veinte y treinta años. El día en que apareció lo llevamos al antiguo hotel para secar sus ropas y darle comida caliente. En cuanto vio el piano se transfiguró. Caminó directamente hacia él, se sentó en el taburete y comenzó a tocar. Los niños echaron a correr la voz y al poco tiempo todo el pueblo se había reunido en el salón para escucharlo. Así estuvo durante un par de horas. En las semanas siguientes, aunque persistía en su mutismo, continuó deleitándonos con sus interpretaciones. Hasta que un día vino esa gente de la ciudad. Policías y periodistas. Nos mostraron su foto. Nadie dijo nada. Lo ocultamos en el sótano del hotel. Los extraños finalmente se fueron. Decidimos dejar pasar un tiempo antes de ponerlo nuevamente a tocar. Vivimos en un pueblo pequeño y apartado. Aquí la vida puede ser muy aburrida. Casi insoportable. Él es nuestro tesoro. No estamos dispuestos a perderlo.
Nunca más
“Tu padre es el demonio.” Fue el último comentario que hizo antes que la internaran. En ese momento a mí también me pareció que era lo más indicado. Yo era una niña, pero me daba cuenta de que mi madre estaba muy perturbada. Con el tiempo llegué a comprender por qué. En esa época mi padre trabajaba mucho y siempre llegaba muy tarde en la noche. Incluso los fines de semana. Se había vuelto irritable y descuidado con su aspecto. Ya no lucía su uniforme con la misma prestancia de antes. Se veía cansado. Recuerdo muy bien aquella tarde. Llegó cerca de las cuatro. Nadie lo esperaba. Venía acompañado de un muchacho que nunca habíamos visto. Parecía muy tímido y lucía demacrado. “Les presento a Gabriel. Él nos va a acompañar a tomar el té antes de regresar al Centro”, dijo papá. El muchacho tiritaba sin decir palabra. Nos sentamos a la mesa y mamá sirvió el té y las galletas. Entonces vimos sus manos. Le faltaban varias uñas y las cicatrices parecían recientes. Mamá se levantó de un salto y se encerró en su habitación. Podíamos escuchar sus sollozos. Esa misma noche se la llevaron. A Gabriel tampoco lo volvimos a ver.
Mala racha
Era sábado en la tarde. Quizá el día más caluroso de aquel verano. Yo iba saliendo del restaurante chino. Llevaba un par de bolsas grasientas con la comida que compartiría con mi esposa. El semáforo estaba en rojo. A la distancia el calor hacía vibrar el aire. Desde ese horizonte casi irreal emergió el camión blindado. Pasó junto a mí y se detuvo. Esperó la luz verde y luego aceleró, alejándose. La calle estaba desierta. Como única huella de su paso dejó una bolsa tirada en el pavimento. Tenía el sello de una empresa de transporte de valores. Vacilé un instante. Antes que pudiera recogerla, una puerta se abrió detrás de mí. Era la pareja de rameras que trabajaban en el vecindario. Se detuvieron al borde de la acera. Recogieron la bolsa y cruzaron la calle. Una de ellas se la puso bajo el vestido y comenzó a hacer una burda imitación de una mujer embarazada. Antes de doblar la esquina y desaparecer para siempre, se quedaron mirándome con sus caras pringosas. Ambas se reían y acariciaban la barriga falsa. Cuando llegué a mi casa mi mujer aún estaba en camisa de dormir. Me preguntó si afuera había alguna novedad. No dije nada. Me senté y comencé a comer. Me miró con desprecio.
***
Milton Puga Reynolds
Nacido el 25 de noviembre de 1960 en Rancagua, Chile. De profesión, Diseñador Gráfico.
En 1992 participó como diseñador asistente en la edición del libro Y Vio Dios Que Todo Era Bueno, proyecto dirigido por el diseñador gráfico José Neira Délano para la Corporación Despertar.
De oficio, Publicista.
Con más de veinte años de experiencia en agencias de publicidad, donde se desempeñó como redactor creativo hasta noviembre de 2011.
Desde diciembre de 2011 reside en Temuco, donde se dedica a la consultoría en gestión de marca y estrategias de comunicación para instituciones y empresas.
El año 2012 realizó la corrección de estilo del libro Iglesias Andinas de Arica y Parinacota, para la edición en inglés presentada en el World Monuments Fund y en la Rizzoli Bookstore de Nueva York, el 3 y 4 de octubre, respectivamente (Andean Churches of Arica and Parinacota: The Traces of the Silver Route). Libro editado por Fundación Altiplano.
En marzo de 2013 realizó la traducción del francés al español de las Fichas Pedagógicas utilizadas en el programa de extensión “Classe Andalousie” del Instituto del Mundo Árabe, París, Francia; por encargo de Mme. Florence Langevin, en ese momento encargada de acciones culturales del Instituto.
De vocación, Lector que escribe.
Un libro publicado: Amanecer, Sudamericana, 2003; doce relatos de ficción.
También cultiva el microcuento.
Lector de poesía, narrativa y ensayo. Más allá de las diferencias de género, estas lecturas me han confirmado el hallazgo de una realidad sorprendente y muy rica, al reverso de la mirada habitual: la afirmación de que la realidad, al menos tratándose de las personas, se construye a partir del deseo y la imaginación.
