Por Yuri Soria-Galvarro (Desde Puerto Montt)
Las réplicas durarán un par de meses o más, han indicado los geólogos, pero tengo la impresión que habrá otras réplicas más dolorosas y duraderas. Para las personas que perdieron a sus seres queridos, el dolor será un compañero silencioso que se repetirá una y otra vez como si fuera un nuevo temblor y, aunque se irá mitigando con el tiempo, siempre estará ahí.
Pero hay otro dolor que tiene que ver con la sociedad que estamos construyendo, con lo más descarnado de nuestra humanidad que, como vimos, aflora en las catástrofes, que es más soterrado pero no por ello menos dañino. Me refiero a las imágenes de los saqueos y sobre todo a lo que ellas entrañan. Es usual que en las catástrofes sucedan este tipo de cosas, pero en lo que vimos acá hay un matiz que me inquieta, algo que va más allá de la necesidad real que tenían algunas personas y de los sinvergüenzas de siempre, esa actitud generalizada de aprovechamiento, de individualismo acérrimo; era la oportunidad de obtener cosas gratis, no importando si se las necesitase o no, una especie de liquidación irrepetible donde hordas de consumidores descontrolados hacían lo suyo, incluso en lugares donde la destrucción y, por tanto, la necesidad no era tal. ¿Pero eso no es exactamente lo que nuestra sociedad proclama, el sálvese quien pueda de todos los días? ¿Acaso no es muy distinto de lo que vimos en supermercados del barrio alto de Santiago y otras ciudades? La sola diferencia es que se hacía con el poder del dinero, pero la idea era acaparar, por si acaso, por individualismo, hasta dejar los estantes vacíos, saqueados, a pesar que las autoridades y entes técnicos insistieron en que no había problemas de abastecimiento (aunque a estas alturas está claro también que algunas autoridades actuaron con ineficacia, falta de planificación, lentitud y negligencia, y que en muchos casos parecían no tener idea de lo que estaban hablando, como si tratasen vanamente de mantener la actitud políticamente correcta, mientras los hechos los desbordaban. Pero ese es otro problema, que también tendrá secuelas posteriores).
La sociedad civil está perdiendo la capacidad de sentirse parte de algo, ya no se trata de pertenecer a un país, que puede parecer algo muy grande en una calamidad como ésta, si no de sentirse parte de una ciudad, de un barrio, de una población, de que no se nos pase por la cabeza saquear la casa del vecino, o ser capaces de pegarle un tiro en la cabeza porque me parece que quiere robar mi televisor LCD a ese tipo que vemos por las mañanas y con quien algunas veces compartimos el asiento en la micro. Nos hemos regocijado en el individualismo, en el consumo y el mercado cómo únicos motores de la sociedad; se nos ha ido quedando atrás la solidaridad, el respeto, el que nos importe de verdad los problemas del prójimo y, más encima, nos creemos, arrogantemente, al borde de abandonar el subdesarrollo.
Eché de menos más organización de la gente, más ollas comunes, más solidaridad entre los vecinos. Seguramente algunos dirán que es fácil decir esto sin haber estado ahí, sin sentir la desesperación, el terror y el desamparo. Puede ser y, claramente, actos de profunda humanidad hubo por miles, pero creo que a los medios de comunicación les faltó mostrarnos más a aquellos damnificados que fueron capaces de acoger a los hijos de otros como si fueran los propios, de compartir la única botella de agua, el último pan. Como sea, ahora llega el momento de demostrar si somos de verdad solidarios, de evaluar si nuestro modelo de sociedad está formando ciudadanos y no sólo consumidores.
Aparecerán los pierdeteuna de siempre, claro, rancios y acongojados, machacándonos con esas frases cliché como “hay que dar hasta que duela”. El socorrer a un hermano no debería doler, debería reconfortarnos, ayudar a pensarnos más humanos, capaces de construir una sociedad más justa que heredar a nuestros hijos.
