Por Camilo Marks

Los admiradores de Rubem Fonseca pueden haber leído una docena de sus libros sin quedar nunca contentos: el escritor brasileño no los desilusionará gracias a sus complejas y extraordinarias tramas, construidas en base a una visión cruel, escéptica, amoral, revelándose como un notable artífice literario.

Fonseca es prolífico en extremo, muy variado en sus argumentos, un fenómeno torrencial en cuanto a capacidad creativa. Y aparte de la violencia, sofisticada, barroca, o bien directa, salvaje, atroz, más un radical pesimismo al contemplar las relaciones humanas, sus textos presentan pocos denominadores comunes. Si bien hay signos de debilidad o facilismo en títulos como Diario de un libertino (2003) o Pequeñas criaturas (2003), sus dotes para reinventarse, reformular los temas y mantener la elevada densidad de su prosa lo convierten, a los 84 años, en uno de los máximos narradores vivos de la actualidad.

Una editorial chilena ha puesto en práctica la excelente idea de publicar las mejores ficciones de Fonseca, esto es, las de su largo período inicial, que comenzó con Los prisioneros (1963), para culminar en la década de 1980 con El gran arte, El cobrador y Vastas emociones y pensamientos imperfectos (Tajamar Editores), de reciente aparición. En cuidados tomos, que han respetado las traducciones originales, adaptándolas a los requerimientos lexicográficos de hoy, podemos apreciar historias únicas, de fuerza incontenible, que tornan a Fonseca en un maestro tan difícil de encasillar.

Vastas emociones… debe su nombre a una definición patológica del sueño, enlazada con otra: «asociación viciosa e irregular de las ideas». El héroe, cineasta carioca que hace películas para su hermano, un corrupto telepredicador evangélico, tiene la oportunidad de filmar Caballería roja, de Isaak Bábel, el genial y malogrado prosista soviético. La película se origina en el financiamiento ofrecido por un director de la ex República Democrática Alemana. Dicha empresa se traducirá en viajes a Berlín occidental, Berlín oriental en tiempos de la perestroika, París, Minas Gerais, teniendo como centro geográfico a Río de Janeiro, ciudad adoptiva de Fonseca, donde convergen todos los hilos y los personajes de una intriga que no da respiro, estructurada según la técnica de un consumado thriller , con momentos reflexivos y de cierto reposo, seguidos de una acción incesante, en perpetuo crescendo . En otras palabras, el punzante y nervioso estilo de la narración, que nos tiene al borde del abismo, vuelve impensable detenerse a cavilar mucho rato, porque a cada vuelta de página nos espera un martillazo en la cabeza, un asesinato, la desaparición de alguien.

Vastas emociones… debe ser el volumen de Fonseca más cargado de referencias históricas, culturales, éticas y, en particular, un caudal inagotable de conocimientos literarios, desde la anécdota singular o excéntrica, hasta la manera en que los poemas y los fantasmas surgidos de la imaginación determinan la conducta de las personas. A partir de la figura de Bábel y las extraordinarias circunstancias de su vida, se va edificando un material complejo y matizado que, junto a la serie de episodios sangrientos y disparatados del asunto principal, preserva la unidad de un entramado novelesco que sólo Fonseca puede lograr; en otras manos, Vastas emociones… se habría desparramado en un inconexo popurrí. El nexo de la hazaña se llama Boris Gurian, un viejo sabio judío, muy enfermo y bastante alcohólico, quien debe ser el hombre que más sabe sobre Bábel en todo el mundo.

Tratándose de Fonseca, las aventuras eróticas y los incidentes de corte policíaco son la chispa que hace estallar los hechos. Antes de su periplo internacional, el protagonista se debate entre Ruth, a la cual trata de borrar de su memoria, y Liliana: «Cuando la conocí ella era una niña de quince años sin ninguna erudición. Ahora, con veinte años, me daba lecciones». La súbita entrada de Angélica Maldonado buscando refugio en su departamento desata una cadena de sucesos que definen el agitado marco de la crónica. El cuerpo mutilado de la enorme mujer ocupa los titulares noticiosos por su fama en los desfiles de lujo del carnaval, aunque pase inadvertido el ocultamiento de diamantes y esmeraldas de incalculable valor en medio de las joyas artificiales de su atuendo.

Tal vez sea exagerado decir que Vastas emociones… es el relato supremo de Fonseca; sin duda, se empina al lado de sus grandes novelas. Y esto ya es decir mucho.

 

En: Revista de Libros de El Mercurio.