Paul Auster, Un hombre en la oscuridad

Por Miguel de Loyola 

Un hombre en la oscuridad es otro experimento editorial, aunque bastante mejor que Viajes por el scriptorium, tampoco este viaje cobra un valor importante, no conduce a ninguna parte, sólo al lugar común del problema realidad-ficción. A quién le importa, después de todo, si la realidad es ficción, o si la ficción es realidad. Ya son viejos temas tratados y resueltos hace cincuenta años.

A Paul Auster se le agotaron los temas. Sus dos últimas novelas no tienen el interés de las primeras, ha terminado por abusar de la formula que lo hizo famoso: la de contar un cuento tras otro, embutidos en un mismo entramado como muñecas rusas.

Es una lástima. Tal vez debiera descansar, tal vez los editores debieran dejarlo descansar un par de años. No es posible que a un escritor exitoso se le publique todo, como a los chistólogos de la televisión. La industria editorial terminará por arruinar su pluma. Aunque no sus ventas, he visto cómo compran este libro en librerías sus lectores, sin escatimar el precio. Borges dejó de escribir 30 años antes, Nicanor ha hecho lo mismo. García Márquez está también en descanso.

Un hombre en la oscuridad es otro experimento editorial, aunque bastante mejor que Viajes por el scriptorium, tampoco este viaje cobra un valor importante, no conduce a ninguna parte, sólo al lugar común del problema realidad-ficción. A quién le importa, después de todo, si la realidad es ficción, o si la ficción es realidad. Ya son viejos temas tratados y resueltos hace cincuenta años.

Paul Auster todavía pretende engatusar al lector con preguntas de este tipo. Quien lee ficción, asume de antemano estas convenciones, porque sin ellas no habría novela. La novela es un entramado sujeto a convenciones preestablecidas hace buenos siglos.

Un anciano que no quiere pensar y opta por contarse historias a sí mismo para evadirse de sus propios pensamientos. Se trata de un anciano recluido en su lecho de enfermo, quien vive con su hija y su nieta, ambas separadas de sus respectivas parejas.  Otro lugar común ya en la literatura norteamericana. A Paul Auster le ha dado con los ancianos, con la supuesta locura de la ancianidad y las rupturas amorosas.