Por Juan Yanes
Cuando yo estudié, todos mis profesores eran unos estructuralistas del copón. Eso decía Policarpo. Policarpo aún mantenía erecta la estructura ósea del cerebro, o sea, el cuerpo. ¡Estudie usted la sustancia de la expresión, en lugar de aferrarse a la forma del contenido, mequetrefe!
Eso decía Policarpo que le decía Polifemo cuando él intentaba hablar con excesivo entusiasmo de las diferencias entre el fondo y la forma. Polifemo era el sobrenombre con el que los estudiantes honraban a su profesor de crítica literaria, un energúmeno. ¡Estudie usted a Louis Hjelmslev, al Círculo de Copenhague, al Círculo de Praga y a los formalistas rusos, animal! Eso decía Policarpo que decía el Polifemo sarnoso, sin ningún tipo de sutileza. A él le parecía más un hipogrifo que un Polifemo.
Nadie sabía a ciencia cierta cómo se pronunciaba el nombre del tal «Hjelmslev», con lo que unas veces parecía una persona sóla, y otras una multitud: «Yiemsliu», decían unos; «Jiemsleh», aspirando la hache, decían otros; «Gemslef», decían los más prosoviéticos; «Liemsliu» decían los prochinos… Y siempre, «círculo» de esto, «círculo» de lo otro. Muchos círculos. Eso decía Policarpo. Además de estructuralista dinamarqués, el Polifemo era «quequeista». Es decir que incurría sistemáticamente en el «quequeo». Sus frases no terminaban nunca, sino que subordinaba y subordinaba, comenzando cada una de ellas con un «que» imposible, insoportable, agotador. Eso decía Policarpo.
Según Policarpo, Polifemo era más criptofascista que estructuralista, pero como era listo, le vio las orejas al lobo y algunos días fungía de criptomarxista. Los días que el Polifemo fungía de criptomarxista, venía a clase sin corbata. Eso decía Policarpo. Los días que venía a clase sin corbata sólo se hablaba del contexto. Dejaba la glosemática a un lado y se adentraba en un proceloso mar de determinaciones socio-contextuales, político-contextuales y económico-contextuales. La literatura dejaba de ser el pasmo de los dioses o una de esas «estructuras» obsesivas y se convertía en una «superestructura», en una forma de «cosificación o reificación», en una tuerca de uno de los «aparatos ideológicos de Estado». Los estudiantes tenían que fungir de alegres chicos del contexto y debían entenderlo todo de manera dialéctica. No se podía hablar más que de un tal Lukács y de la estética de otro que se llamaba Galvano della Volpe. Alucinante. Eso decía Policarpo.
Lo peor de todo fue cuando el Polifemo empezó a obsesionarse con las cuestiones de tipo étnico y con el nacionalismo, digamos, identitario. A partir de entonces, en las clases había que conectarlo todo con la tradición oral y con la invención de la tradición. Eso decía Policarpo. Para probar sus tesis, el Polifemo cruzó el Atlántico y se fue a buscar las raíces de sus ancestros, fundadores de Cabaiguán, a la provincia de Santi Espíritus. A partir de entonces se convirtió definitivamente al credo etnometodológico del Círculo de Chicago. De Cabaiguán se vino con una negraza que quitaba el hipo y se olvidó de su mujer y de sus hijos, de Hjelmslev y del Círculo de Praga. Eso es lo que decía Policarpo, que aún mantiene erecta la estructura ósea del cerebro, o sea, el cuerpo.
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Foto: Wicho
