Por Rolando Rojo

“Bajas por Maipú hasta Santa Fe, ¿viste? Te metés a la galería comercial que se abre  a la derecha. Doblás en el primer pasillo, avanzás treinta metros hacia el sur,  abrís la pesada puerta batiente y te topás  con el paraíso, chilenito carajo.”

Las instrucciones  del gordo Monti me  las repetía  una y otra  vez para grabarlas a fuego en la memoria. Aunque los compatriotas de la pensión, muy camaradamente, muy solidaria, muy cabronamente, quisieron  desanimarme. Al principio, con sonrisitas idiotas y luego, a carcajada limpia. Que no fuera ingenuo, que las minas ricas de este país de mierda no le daban un cinco de pelota a los chilenos, que iba a perder el tiempo, a hacer el ridículo. ¿O acaso sabía de algún compadre que  hubiera levantado una minita en pleno centro de Buenos Aires? ¿O no me daba cuenta de que los argentinos no sólo tenían pinta, sino el cerebro conectado con  la lengua? ¿No lo sabía, acaso, el chilenito huevón?

Lo que el chilenito huevón sí sabía, era que lo decían desde la tranquilidad matrimonial de sus  hormonas, desde la placidez amancebada de sus testículos, porque cada noche se desahogaban con sus mujeres y, a eso de las  dos de la mañana, como si se pusieran de acuerdo, empezaba el concierto de catres desvencijados en la vieja pensión del barrio San Telmo. Las carreritas hacia el baño,  los susurros que se metían entre la piel y los huesos, porque ya iba para el año y medio sin verle  el ojo a la papa, y divagaba, soñaba con sexo, percibía su aroma  en los colectivos, el subte, las calles y hasta en el bife de chorizo. Y había que poner término al celibato del exilio antes de acabar en el loquero como tan graciosamente llaman los argentinos al manicomio.

De modo que un día aparece  Juan Carlos Monti en el escritorio vecino, observándolo a uno con cierto aire xenófobo y después, con su cara de fauno gozador, de cachero profesional, y mientras anotamos débitos y haberes  que maldita cosa les importan a nuestras tercermundistas existencias, uno se sincera con el gordo, le cuenta la firme, del porqué vivimos en su país futbolizado y carnívoro, de la picana en el culo, de los amigos desaparecidos y de esa insoslayable soledad de extranjero que ataca los sábados por la tarde. Y aunque el trasandino quiere disimular la emoción, dárselas de duro, se le nublan los ojos  claros, mueve la cabeza en silencio y, finalmente, pasa el dato de los sábados bailables  en el viejo “EXCELSIOR”, “frente a la Plaza San Martín, ¿viste?  En un costado de la estación del subte.”  Y que son cientos de hembritas solas las que se dejan caer desde todos los rincones del Gran Buenos  Aires en busca de un pecho fraterno para morir abrazadas.

Y de todos modos, doblo en el primer pasillo, camino los treinta metros hacia el sur, abro la puerta y ante mis ojos deslumbrados,  aparece la pista reluciente del “Excelsior” rodeada de mesitas con lámparas fucsias, donde grupos  de féminas parlanchinas fuman y ríen incansablemente. Y no puedo evitar un cosquilleo estomacal, una especie de retorcijón de tripas, un impostergable deseo de cagar como Dios manda. En el proscenio, en tanto, los músicos acomodan los instrumentos y en la barra del bar, una docena de hombres  hoscos beben en silencio. Saco la cuenta y la proporción es de por lo menos, treinta hembritas por macho, incluidos los palurdos de la orquesta, incluido yo. Desde el baño  escucho  los primeros compases  del tango arrabalero y al regresar al “paraíso”, una puteada irrefrenable me resbala entre el paladar y la lengua.   En  cuestión de segundos, en un dos por tres, en una especie de arte de birlibirloque, la fauna masculina triplica a la femenina, invirtiendo el atractivo porcentaje.

El ritual consiste en cruzar una pasarela para captar una sonrisa, un gesto, cualquier mensaje que establezca el contacto y esperar que la damita se levante, avance a tropezones en la penumbra y venga al encuentro del tocado por la varita de la virtud. Con el “pilato, pilato” “pilato” arrugado en el fondo del bolsillo, “si no me mira no te desato”, con los dedos cruzados, aceptando el qué se le va a hacer, el resignado destino de pesimista ancestral y mientras cruzo la pasarela por novena, y ahora sí, última vez, se me viene a la mente un O´Higgins chamuscado en Rancagua, un Manuel Plaza extraviado en las calles de una ciudad desconocida, el tobillo hinchado, por la puta madre, del Tani Loayza. Y trato de ahuyentar el recuerdo  de mi amigo Arturo, porque sé que está muerto. Y sin querer se me nubla la vista, y casi paso de largo, pero con el rabillo del ojo, alcanzo a percibir el final de tu sonrisa. Entonces, para cerciorarme me golpeo el pecho con el índice. Y tú,  desde la distancia que sí, moviendo la cabeza, que sí, diciendo muy bajito que sí, boludo, y vienes a mi encuentro con tu vestido blanco, cruzas entre las mesas con una infancia feliz en algún pueblo de provincia. Vienes con tantos amaneceres fríos en cocinas ajenas, o talleres de fábricas, o calles solitarias de reputaciones dudosas. Y tus ojitos de llenan de sonrisa al momento de la pregunta  más idiota de este sábado por la noche: “¿Bailamos?”

Ahora estamos en medio de la pista  dibujando filigranas, mientras los compases del tango se nos van muy alma  adentro. Y no decimos nada, ni siquiera de dónde eres, por qué viniste, cómo te llamas. Nada.  Sólo cuenta tu boca roja de carmín expulsando  el cálido resuello, tus ojos de pena larga que miran pasar la vida  desde una pensión de Buenos Aires. Y de pronto, siento lástima por los vencedores de todas las batallas, por los tipos que siguen  girando  junto a la pasarela con sus trajes brillosos y un clavel marchito en el ojal, recuperando en cada vuelta, las arrugas del desencanto, perdiendo la soberbia de los zapatos lustrados, confundiéndoseles el perfume entre tanto olor a naftalina. Y no sé  por qué tengo la  certeza de que los músicos tocan  por inercia desde el sueño mismo.  Entonces, desde el fondo del trombón emerge una gorda  desnuda que flota un instante y se desvanece en una llamarada pirotécnica, y del fuelle de los bandoneones, escapan bandadas de mariposas azules que chocan contra las sonrisas de acrílico. Pena también, por las  pobres  muchachitas que se quedarán sentadas junto a la lámpara fucsia, añorando al hijo que no  tendrán, concentradas en un crujido de sueños rotos que se agolpa en los ventanales del viejo hotel, o se pega al rasgueo de la batería, al lamento de los bandoneones, mientras nosotros, confundidos entre los danzarines, giramos  en busca del gesto infalible, de la palabra precisa, de la presión justa  sobre la piel ardiente, hasta que te digo muy suavemente al oído: “salgamos un rato”.

El frío del invierno sur nos cae sobre los hombros cuando pasamos junto al Héroe con su brillo congelado de estrella y el índice de bronce apuntando hacia mi patria lejana.

En los Bajos de Retiro, en tanto, se adivina el día que  aproxima en el olor a pan recién salido del horno, en el silbato de un barco en la bruma, en el grupo de obreros  portuarios que marchan con sus ollas de aluminio. Entonces te apoyo contra el tronco generoso de este ombú y te voy susurrando en mi español achilenado los arrumacos que no entiendes, pero que se meten suavecitos en tu  tristeza, y te hacen sonreír, y mientras te beso, muy lenta, muy sosegadamente, subo el vestidito blanco, rozo la calidez de tus muslos firmes, empapo mi mano en el aroma de tus jugos. Y después sólo somos dos personitas muy felices  que confunden el latido de sus corazones  con las luces del puerto que titilan allá abajo, dos criaturas perdidas en los cielos del sur, dos almas solitarias que gimen de placer bajo el ombú gigante de la Plaza San Martín de Buenos Aires.

Rolando Rojo. Nació en Ovalle. Profesor de castellano. Ha publicado Como con bronca y junando (Cuentos) y La muerte de la condesa Prokofich (novela). Ha sido incluido en numerosas antologías, tanto en Chile como el extranjero. Actualmente, es docente de la Universidad Arcis.