Por Miguel de Loyola
La novela de Sofía Faddéeva, tiene el peso y la fuerza de una denuncia. La narración apela a la conciencia del lector para que castigue o redima a los culpables de las desgracias amorosas sufridas por una joven rusa en tierras sudamericanas. El lector enfrenta así –por momentos- una situación para que dictamine y sirva de juez.
Bien podría ser esa una lectura, la lectura que salta a primera vista. Pero, desde luego hay más, bien sabemos que una mera denuncia no constituye novela, literatura. Se trata de una denuncia entretejida por la perplejidad de la narradora ante los hechos que describe, aquel estupor y asombro natural del artista frente a los acontecimientos que lo deslumbran, que lo hacen hablar, que le impone la tarea de tratarlos y escribirlos a fin de comunicar a otros -como sostenía Tolstoi- los sentimientos vividos en la experiencia misma. Eso precisamente ocurre en Colores en Pugna, y de ahí el interés que poco a poco va generando su lectura, ganando en el lector el peso de la experiencia viva, del estar ahí, en esos parajes de Guayaquil, Quito, en medio de la selva ecuatoriana, en medio de la mitad del mundo, en contraste con las heladas tierras de origen de la protagonista.
En Colores en pugna no estamos frente a una obra literaria cuyo objetivo principal es la entretención, como ocurre hoy por hoy con la gran mayoría de las novelas que ofrece la Industria del Libro, desvirtuando el sentido del género al punto de llevarlo al consabido kitsch. Nadie que lea esta novela seguirá pensando lo mismo, su lectura lo acercará a nuevos espacios de discusión. Por de pronto, está el interés por esta joven intelectual fruto del socialismo soviético, inmersa en el caos ideológico latinoamericano. Está el contraste de paradigmas entre ambas culturas, la una atea, la otra creyente. Están las diferencias del clima y del ambiente social, y particularmente, están las diferencias éticas entre dos realidades diferentes. Todo eso se puede apreciar a través de la lectura. Una lectura que se hace fácil, gracias al uso correcto y ameno del lenguaje. Una lectura que refresca, gracias al candor de la narradora y protagonista de la historia.
La denuncia que captura en primera instancia el interés del lector, surge a partir de la situación amorosa de Kira, casada con un profesor ecuatoriano, compañero suyo en Moscú, cuando ambos cursaban el posgrado en ciencias. Están casados y tienen un hijo que ha nacido en Moscú, un niño que sufrirá los vaivenes y desórdenes de este singular matrimonio, sin casa y sin objetivos comunes. Sobre el niño poco ilustra la historia, pero se intuyen sus conflictos a futuro. La falta de interés del marido por establecerse en algún sitio, aduciendo falta de dinero, será el motivo desencadenante de la separación de la pareja, sumado a las infidelidades de Beltrán. Sin embargo, y he aquí lo nuevamente insólito, la protagonista volverá a caer en manos de un amante semejante al marido, cumpliéndose eso de profecía autocumplida, intuida por sus padres, cuando le hablaban en Moscú de la inconveniencia del novio latinoamericano. Es decir, Kira vivirá una constante desdicha amorosa, y la inestabilidad laboral propia de los países del Tercer mundo. Sin embargo, eso no le impedirá apreciar y disfrutar por momentos las bondades del clima y la naturaleza del Ecuador.
La narración también cuestiona el orgullo y la perseverancia de la joven rusa, quien pese a los infortunios y vejaciones insiste en permanecer allí, en el Ecuador, resistiéndose a la idea de regresar a su patria. Hay en ese empecinamiento, una prueba más de la voluntad de poder que asiste al hombre de todos los tiempos, una voluntad que es el signo vital que mantiene a la especie humana sobre la tierra.
Saludamos en Chile a Sofía Faddéeva y la felicitamos por sus Colores en Pugna.
Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Museo La Chascona – 18 de julio del 2013
