“Chaqueta azul de mezclilla” es el primero de los 21 cuentos del nuevo libro de Martín Faunes: Voces verdaderas, ambiguas, equivocadas, editado por Cuarto Propio. Debido al estallido social, ante el cual el autor expresa su alegría, el volumen no tiene aún fecha ni lugar de lanzamiento, habiendo ya salido de la imprenta. De cualquier manera, ya es posible adquirirlo en Editorial Cuarto Propio, Valenzuela Castillo 990, Providencia, cuya web es www.cuartopropio.com.
Chaqueta azul de mezclilla
Él llevaba una chaqueta de esas que por el tiempo en que éramos estudiantes se conseguían solo si alguien las traía de algún viaje. No había otras maneras.
Se veía guapo con su chaqueta, en realidad él era guapo con chaqueta o sin chaqueta. Era además un tipo interesante que en las asambleas lograba exponer con claridad las ideas que yo había hecho mías. Ocupaba para eso una voz profunda que resultaba inapelable.
Asistió a un recital en que tocamos con unas compañeras como práctica de conjunto. Nosotras conocíamos a casi todos los que venían a escucharnos porque los aficionados a la música docta no eran muchos. Como a él nunca lo había visto en nuestro salón y me lo habían presentado recién en el último fin de semana, aluciné pensando en que tal vez había venido sólo para verme. No podía estar segura, cómo saberlo.
Hicimos después una fiesta para celebrar a esa que era nuestra primera actuación más en serio. Fue divertido. Estaban tocando un tema de Los Beatles que se bailaba suelto, pero él me apretó contra sí por la cintura y con la misma voz de las asambleas me susurró al oído algo como un tango. Eso fue con lo que consiguió enamorarme. En realidad, yo ya me sentía enamorada.
Días después, cuando atravesábamos el parque y empezó a correr un viento algo frío, él como todo un caballero se sacó su chaqueta para abrigarme, pero al despedirnos no me la pidió de vuelta. Esa noche me quise acostar con esa chaqueta suya, tenía su olor. Me hizo sentir que dormía con su dueño, el de la voz profunda.
Al día siguiente me la puse para ir a la facultad, fui también con ella por toda esa semana. Mis amigas se morían de envidia. Cuando volvimos a vernos me llenó de piropos y frases divertidas, como que con su chaqueta me veía estupenda, la más guapa de todas, y cosas como esas así graciosas, tonterías que a una la hacen feliz, pero lo mejor fue que no me dejó devolvérsela. Creí por eso que tal vez deseaba regalármela, o si no dejar al menos que la usara cuando quisiera. Así que como me quedaba algo grande la ajusté para acomodarla a mis medidas. Aproveché de lavarla porque le encontré varias manchas de salpicado de pintura que por suerte salieron. Además, como estaba demasiado azul y algo tiesa, le pasé lija suave para deshilacharla y despintarla un poco.
Ese fin de semana me había invitado para pasarlo en Llolleo en una casa que le habían prestado. Partí a encontrarlo, iba con una falda cortita y lógicamente con la chaqueta que a él ya no le serviría. Iba contenta pero empecé a ponerme nerviosa. ¿Y si había sido solo un préstamo, y si en realidad no había pensado en regalármela?
Cuando me vio con su chaqueta así ajustada puso cara de entre seriedad y sorpresa. En otras palabras, no era un regalo, pero yo creía eso. Por suerte lo tomó a la risa y me perdonó haciéndome cosquillas, él siempre me hacía cosquillas.
Nos costó entrar a la casa porque el último terremoto le había desajustado la puerta, tuvimos que abrirla a empujones. Había también mucho polvo de ese que cae de las paredes cuando tiembla. Pero eso qué podía importarnos, quiso que le modelara así desnuda cubierta solo con su ex chaqueta de mezclilla. Lo hicimos con ella apenas desabotonada. Fue esa la primera noche que pasamos juntos, cómo podría olvidarlo.
Por esos días era todo muy rápido. No sé si eso era bueno o malo, solo digo que las cosas así eran. Nos fuimos a vivir a una casita bastante humilde. Lavábamos a mano en una artesa, no teníamos calefón, tampoco televisión ni estufa, una vecina nos guardaba la comida en su refrigerador, sin embargo no necesito decir lo felices que éramos.
Nuestra felicidad aumentó más todavía cuando quedé embarazada, todo se nos hizo entonces maravilloso, el niño que nació fue también maravilloso. Nuestra felicidad ni siquiera la opacó el peligro que un par de años más tarde empezaríamos a correr a causa de nuestras convicciones y las ideas que compartíamos.
Cosas raras que se nos ocurren cuando estamos nerviosas. En medio de esas circunstancias que eran de verdad difíciles, tal vez para respirar algo que fuera distinto quise que ese niño nuestro tuviera un bluyín azul, se iba a ver precioso. No lo dudé un segundo, tomé tijeras y con aguja e hilo, ocupando la tela de la chaqueta yo misma se lo hice. No me resultó difícil, las piernas las saqué directo cortadas de las mangas. Lo que me dio más trabajo fue la pretina, tuve que medirla muy bien para aprovechar el botón de bronce incrustado que llevaba. Me quedó perfecto, le hice incluso un marrueco diminuto. Cuando él vio al niño con ese bluyín hecho de su chaqueta casi se vuelve loco, se lo quiso comer a besos. A mí también.
Ha pasado tanto tiempo, linda nuestra vida a pesar de los tropiezos que como muchos de los nuestros nosotros también tuvimos.
Mi hija y mis amigas me aconsejaban diciendo que él debía ir vestido con algo oscuro, «con lo más elegante que tenga». Pero por qué tendría que ser así si él jamás usó ropa formal ni tampoco muy costosa. Eso les expliqué, pero ellas se empeñaban en convencerme de que eso no era importante, lo que importaba era cómo debía ir vestido ahora. Así que empezaron a ofrecerme el terno de este o el de este otro. Me decían que estaban casi nuevos porque habían tenido muy poco uso. No se cansaban de repetirme que con un traje elegante él se iba a ver como realmente merecía.
Trataban de ayudarme y lo valoro, pero los consejos que me daban parecían reglas que había que respetar por obligación y que a mí no me daban ganas de aceptarlas. Las cosas no tenían por qué ser como eran. Partí por eso a comprar una chaqueta azul de mezclilla igual a la que él llevaba cuando lo conocí para que con ella puesta le cerraran su ataúd.
