Por Daniel Barril
«La muerte es una vida vivida.
La vida es una muerte que viene.«
Jorge Luis Borges
“Tyrell: Me sorprende que no hayasvenido antes.
Roy: No es cosa fácil conocera tu creador.
Tyrell: ¿Y qué puedo hacer yo por ti?
Roy: ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho?
Tyrell: ¿Te gustaría ser modificado?
Roy: Pensaba en algo más radical.
Tyrell: ¿Qué…, qué es lo que te preocupa?
Roy: La muerte.
Tyrell: ¿La muerte? Me temo que eso está fuera de mi jurisdicción, tú…
Roy: Yo quiero vivir más, padre.
Tyrell: La vida es así. Hacer una alteración en el desarrollo de un sistema
orgánico de vida es fatal. Un programa codificado no puede ser revisado
una vez establecido.
Roy: ¿Por qué no?
Tyrell: Porque al segundo día de incubación, cualquier célula que ha sido
sometida a mutaciones de reversión, alcanza unas pautas de retroceso,
como las ratas que abandonan el barco, que va a hundirse, y luego el barco
se hunde (…) Tú fuiste formado lo más perfectamente posible.
Roy: Pero no para durar.
Tyrell: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo.
Y tú has brillado con muchísima intensidad, Roy. Mírate. Eres el hijo
pródigo. Eres todo un premio.
Roy: He hecho cosas malas.
Tyrell: Y también cosas extraordinarias. Goza de tu tiempo.
Roy: No haré nada por lo que el dios de la biomecánica me impida la
entrada en su cielo.
(Roy besa a Tyrell en la boca. Toma su cabeza entre sus manos, aplasta su
cráneo y hunde los pulgares en sus ojos)”.
Transcripción del guión de la película Blade Runner, del director
Ridley Scott (1982)
Esto está sucediendo ahora. Son mis cenizas las que descansan en esta ánfora dorada. Las manos de mi única hija, Blanca, las trasladan desde el crematorio hasta el lugar donde serán esparcidas. Un lugar que no logro distinguir, que no escogí y en el que seguramente jamás estuve. Cincuenta años de mi vida reducidos a polvo que, en unas horas más, estará confundido con el resto de un universo sin recuerdo. Sin identidad propia. No puedo dejar de percibir en este impensado gesto de Blanca, un halo de venganza que me cuesta comprender.
Esta historia se mueve en sentido contrario a las agujas del reloj. Está contada en círculo inverso, final-comienzo-final, como una serpiente mordiéndose la cola. Y las cenizas en las manos de mi hija son el primero de los finales posibles. El mío. Cenizas humeantes, aún resistiéndose a expirar, esperanzadas en que cualquier ráfaga de viento sutil las levante de su letargo y las encienda nuevamente, activando eso que los esotéricos llaman el fuego inmortal de la vida.
Nunca creí mucho en la trascendencia ni en la religión, pero ahora que la sola eventualidad del regreso a casa se me asoma como deseo, quiero creer en eso. Quiero. Pero mi hija Blanca está atenta y expectante a evitar cualquier reinicio. Ella es como el guardián de cenizas en el incendio de mi bosque. Y no permitirá que el fuego se reactive. No tengo salida. No hay vuelta atrás que no sea la que dibuja este relato post mortem. Saltos de mi mente buscando imágenes a su antojo hasta llegar al año 1956. Uno de los comienzos posibles. El mío.
Yo llegué al mundo por la puerta sur, un 8 de noviembre. Recibí el nombre de Juan. Nací en un pueblo pequeño donde todos se conocían hasta la asfixia. Mi mundo comenzaba en el vientre de mi madre y terminaba ahí mismo. Ahora que lo veo, lo sé y lo asumo. Adoré a esa mujer tanto como pude. Siempre estuve de su lado, apuntalando sus batallas contra la pasividad de mi viejo. Un hombre sencillo, sin ambiciones, con los pies enraizados en su trabajo modesto, funcionario eterno, perro leal del amo. Nunca acepté como virtud su apego a la fábrica en la que trabajó toda la vida. Para mí siempre fue sumisión. Postergación. Ausencia. Por eso la distancia que nos enfrentó tantas veces. No me interesaba su voz. Era el sonido de mi madre el que retumbaba adentro mío. Hasta el día de hoy. Su autoridad fue un ejemplo para mí. Un sello. Su exigencia movilizaba mi voluntad hasta encauzarla en la única ruta permitida, esa que compartíamos como objetivo común: la perfección.
Por supuesto que protesté y desobedecí varias de sus órdenes, pero aún así respetaba su carácter. Admitía sus castigos severos. Incluso sus golpes. Algo en mí comprendía su drasticidad como necesaria para aprender a vivir la vida sin espejismos y a protegernos de los riesgos y las amenazas de un mundo frío y calculador. Jamás me importó la opinión o los reproches que le hacía mi padre. “Estás creando un monstruo” —le decía— pero la última bandera clavada en el territorio siempre fue la de mi madre. El viejo, entonces, escogió a mi hermana como su preferida y nunca lo ocultó. Yo hice lo propio con mi vieja, al principio por despecho, luego por amor puro.
Mi mente regresa ahora hasta uno de esos días en que, por más que quise, no pude torcer su voluntad. Y terminé pensando cosas que no tenían relación con lo que hacía. Yo deseaba, con la impaciencia de mis nueve años, ir con mis amigos a nadar al Lago que estaba a las afueras del pueblo. Pero ella nunca lo autorizó. Nunca. Al contrario. Me inscribió en unas inútiles clases de piano, porque soñaba con verme tocar una balada de Chopin en la Capilla del Padre Augusto. Yo odiaba con vehemencia esas clases, no tanto por la agonía que me significaba aprender las partituras, sino porque esas horas me mataban el sueño de ir a nadar al Lago y compartir los delirios de grandeza y aventura con quienes yo consideraba mis pares, pero que para ella eran sólo una tropa de mediocres. “Tu eres mucho más que un pandillero vago” —me gritaba con dureza— “¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes Juan?” —decía mientras me tiraba las orejas y me obligaba a jurar que nunca más los vería.
Es cierto que yo hubiese podido escaparme e ir al Lago a escondidas, pero nunca estuve preparado para desobedecerla. Y ese día en particular, su negativa me dio mucha ira. Salí rápido de mi casa y mientras caminaba hacia la maldita clase de piano, vi un tarro viejo de pintura en la calle y le pegué una fuerte patada cargada de rabia e impotencia. El tarro tenía agua hirviendo en su interior y me quemó el tobillo izquierdo con intensidad. Terminé en el Hospital con una quemadura grave que dejó en mi tobillo una cicatriz de por vida. “Esa herida representa la marca de tu desobediencia” —dijo mi madre ¿Cuál desobediencia?, pensaba yo. Si no fui capaz ni siquiera de escapar al Lago y disfrutar de sus aguas. No fui capaz de disfrutar. Y en mi silencio, cada vez que veo mi tobillo marcado o me cuesta moverlo con normalidad, recuerdo el día en que mi madre dibujó a fuego su nombre y su historia en mi piel. Y me entregué.
Así fue como escogía para mí la ropa, los libros, las escuelas, los amigos. Y no se detuvo con el tiempo, ni yo dejé de escucharla. Determinaba mis horarios, mis comidas, espantaba de la casa
descaradamente a mis novias, por que las consideraba poca cosa para su niño, escogió mi profesión, mi partido político, a mi mujer, bautizó a Blanca al nacer y me acompañó en el momento de firmar los papeles del divorcio, que por supuesto ella aplaudió.
Juntos peleamos por la tuición de Blanca, definimos su educación, proyectábamos su futuro y terminábamos los días con un whisky escocés, celebrando la vida y el hecho de tenernos el uno al otro incondicionalmente. Los años se llevaron a mi padre, me alejaron de mi hermana y me unieron con mayor fuerza a mi madre. La acompañé cuando su salud se fue deteriorando con un Alzheimer inesperado, que le partió la memoria a pedazos y me eternizó en su retina como el niño de 12 años que la escuchaba en silencio y obedecía sus mandatos, hasta que la enfermedad la redujo a una pequeña silueta de huesos tiritando.
Blanca tenía siete años cuando mi madre murió y no pudo percibir con lucidez su ocaso. Ni mi depresión. Estaba desamparado. Yo sin mi madre era una imagen trizada. La cicatriz de mi tobillo hizo arder toda mi pierna izquierda y comencé a cojear inexplicablemente.
Sentía dolor. Y por años el alcohol fue la única vía de escape para olvidar la ausencia de mi madre. En ese tiempo Blanca vivió más cerca de sus abuelos maternos. Nos veíamos poco pero suficiente. Su propia madre nunca fue un obstáculo para nuestro vínculo. Después del divorcio, ella agarró sus cosas y se fue a vivir al extranjero. No nació para ser madre. Sólo unas pocas mujeres cumplen de verdad ese rol. Eso era claro. Y yo, luego de la muerte de mi madre, me juré a mí mismo hacer de mi hija ese tipo de mujer.
Aunque estuvo un tiempo con sus abuelos, siempre hubo un puente entre los dos. No le perdía pisada a ninguno de sus movimientos. Mi buena situación económica, me permitió procurar para ella los mismos cuidados y preceptos que mi madre me inculcó con claridad. Fue eso lo que, finalmente, me sacó del hoyo. La voluntad de transformar a mi hija en el modelo de mi madre. Era la única posibilidad de recuperarla y capturar su esencia para siempre. Y así lo hice. Cualquier hijo agradecido habría hecho lo mismo.
Cuando me di cuenta de cuál era mi misión, sentí el camino iluminado y logré retomar la vida con mi hija en total normalidad. Solos ella y yo. Una familia. Se daba, por fin, el espacio propicio para trabajar con tiempo y disciplina en su forma y modelar su mentalidad. No pensaba en otra cosa. Planifiqué y ejecuté cada segundo de sus días. Me dedique con afán a precisar las palabras que usaba para saludar, para expresar su emoción como corresponde, el ritmo de sus pausas, de sus silencios, sus ropas, sus lecturas. Y sobre todo, sus sueños. Muy pronto me sorprendí en éxtasis, como un ser todo poderoso y sin límites e imaginaba a mi madre haciendo lo mismo conmigo. Y esa sensación nos volvía a ligar. Nos ligaba a los tres. Y esta vez indisolublemente. Éramos una estirpe de constructores de una forma de vida pura y delicada, que controlaba los riesgos, que enfriaba las pasiones, que articulaba la voluntad con la realidad dotándola de certezas y manteniendo siempre el mando sobre cada decisión que el ser amado —el sujeto de nuestra obra— tomaba para cultivarse a sí mismo.
Blanca era la vasija divina donde se acunaba mi propia herencia —que otra cosa son los hijos, sino la vida de sus padres perpetuada y mejorada—, y su presencia en el mundo, tanto como la mía, eran el vivo ejemplo de la visión creadora de mi madre.
Esa mañana desperté pensando en mi padre. En su miseria. En su vida pequeña. Recordé también a mi hermana y su vida apartada, escapando de su familia de origen, renegando de su tronco y su raíz. Íntimamente los compadecía y perdonaba por su incapacidad. No todos los seres humanos poseen el poder de la voluntad y la convicción. Y muy pocos de ellos, son capaces de aplicar esa poderosa herramienta en sí mismos.
Retumba aún en mi oído el susurro de mi madre diciéndome “eres un elegido Juan. Yo te escogí. Yo te di la vida. Me debes todo”, y luego me besaba suavemente el cuerpo durante horas, mientras sus manos repasaban todo mi contorno de niño, cada rincón, como quien reconoce su territorio y lo delimita con claridad. La sensación que me provocaban esos encuentros frecuentes de su mano en mi cuerpo, era alucinante. Una mezcla perfecta entre sumisión a un ser superior y poderoso, temor y al mismo tiempo entrega total. Pocas cosas, y mucho menos personas, volverían a provocar en mí esa sensación. Excepto Blanca.
Repetí con ella, por años, el mismo ritual. Los susurros, la dureza, el recorrido por su contorno con mis manos, hasta que clavé mi bandera en su territorio y dejé mi huella, la huella de mi madre y toda mi herencia depositada en su sangre y en su mente. Pero esa tarde, el desconcierto me inundó. Llegaste a casa con la cara desencajada. Decías incoherencias, me insultabas y tomabas tu cabeza entre las manos llorando y gritando. Hablabas de tu asfixia, de tu temor a salir a la calle, de una espada clavada en tu garganta y en tu espalda, mencionaste sentirte como un objeto de mi propiedad, sin movimiento, sin espacio. Me arrogabas a mí toda la responsabilidad de tu enfermedad a la sangre, sugeriste palabras como abusador, pervertido, asqueroso. Hablaste de terror, locura, ahogo. Y luego, levantaste tus palmas al cielo y juraste que me denunciarías ante la policía, aunque fuera lo último que hicieras. Yo no podía comprender a lo que te referías ¿De quién hablabas? ¿De mí? Traté de tomarte las manos y recibí de golpe tu resentimiento. Tus ojos estaban rojos y desorbitados, tu mirada exhalaba odio y yo solamente atinaba a mirar el suelo, buscando una pista para seguir tu pensamiento.
Fue entonces cuando el segundo de los finales posibles sucedió. Levanté la mirada intentando buscar tu rostro y al hacerlo, mi corazón se detuvo de espanto. Tu cara era la cara de mi madre. Tu voz era la de ella. Tus manos, tus gestos, tu silueta eran su vivo retrato. El rictus serio de su autoridad te llenaba el rostro. Me retabas, me insultabas, me gritabas y yo sólo podía verla a ella esforzándose por encauzar mi vida hasta este momento tan impensado como anhelado. El juego de las creaciones llegaba a su clímax. La obra se revelaba a su maestro y este se consagraba a su creación perfecta. Círculo realizado. Sentí que lo había logrado. Tú y mi madre en un solo rostro. Supe que no había nada más que hacer ni decir. Cerré mis ojos y solo pude escuchar el ruido de mi cuerpo apagándose.
Y ahora. Consumido por el fuego de la muerte y transformado en las cenizas que cargas en tus manos, estoy entregado a tu voluntad ¿A dónde me llevas Blanca? ¿Qué lugar escogiste para esparcir mi historia? Y como un acto de cierre, cayó el telón sobre el escenario. El destino me permite reconocer desde mis cenizas el lugar al que me llevas.
Es el Lago que está a las afueras del pueblo donde nací.
Aquel al que jamás pude llegar.
Las aguas donde me disolveré para siempre.
***
Daniel Barril.Nació en Valdivia, en mayo de 1970. Es escritor, Periodista y Magíster en Antropología. Actualmente se desempeña como Consultor freelance en materias de Comunicación Estratégica, Estudios de Género y Análisis de Discurso.
Como Periodista, trabajó en las revistas «Página Abierta», «Apsi», «Diario La Nación» y los Ministerios de Agricultura y Secretaría General de Gobierno.
Participó en los Talleres de Narrativa dirigidos por las escritoras Lilian Elphick (1991-1992) y Diamela Eltit (1996-1997).
En Abril de 2006, publicó su primera novela, La memoria del caracol, bajo el sello de MAGO Editores.
