Por Marcelo Beltrand Opazo
Llevo muchos años leyendo a Saramago, intentando otras lecturas, intentando desentrañar las palabras que lo constituyen. En eso estaba, cuando la muerte dejó su intermitencia y nos enteramos que había fallecido. Quedamos con la respiración suspendida, porque cuando un escritor fallece, las letras, las palabras, los libros están de luto.
Saramago es de aquellos escritores que lograron hacer de cada libro una propuesta literaria; cada entrega nos sorprendía, ya sea por su historia, por su temática por su estructura. Umberto Eco decía que Saramago cuidaba la puntuación hasta el extremo de hacer que desapareciera.
Qué podemos decir de un escritor que se ha dicho casi de todo, de un escritor que recibe el Premio Nobel y que sigue escribiendo con la misma intensidad, con el mismo entusiasmo, con la misma convicción. Escribió once libros luego de obtener el Nobel, once propuestas literarias, once manifiestos políticos. Porque, no hay nada más político que escribir, y Saramago lo decía: “¿Cómo es posible contemplar la injusticia, la miseria, el dolor sin sentir la obligación moral de transformar eso que estamos contemplando? Los hombres, y los intelectuales en tanto ciudadanos, tenemos la obligación de abrir los ojos”. Lo escribió, lo dijo, lo vivió.
Escribir es abrir ventanas, formas de ver el mundo, de conocerlo, es como pararse desde otra esquina y mirar, que la vida también ocurre desde allá.
Para leer a Saramago recomiendo seguir sus propias indicaciones: “Recomiendo al lector el método en su día a día: tome las palabras, péselas, mézalas, vea la manera como se unen, lo que expresan, descifre el airecillo bellaco con que dicen una cosa por otra y venga a decirme si no se siente mejor después de haberlas desollado. A las palabras hay que arrancarles la piel. No hay otra manera para entender de qué están hechas”.
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Artículo Publicado originalmente en la Revista Mejor Sale.
