Por Mario Torres Dujisin

A las seis de la tarde del domingo, la Nelly salió de su casa y se dirigió a la carretera. Sus tacos repiqueteaban entre el pavimento y las bocinas que zumbaban a lo lejos.

Iba a reunirse con Ramiro y de paso, levantar camioneros que regresaban a Santiago. Ese día no quería salir a trabajar. Los domingos no eran buenos y además, una extraña sensación le apretaba el pecho. Tal vez fue el tono de Ramiro. Dejó preparada la ropa de sus hijos para la semana, puso a descongelar unos fideos con salsa y caminó hasta el  lugar. Fue una de las primeras en aparecer, encendió un cigarrillo y esperó. El auto negro llegó antes de las ocho, cuando ya estaba oscuro. Se acercó a la ventanilla y le preguntó sonriendo:

–  ¿Lo de siempre, mi rey?

 Las mujeres que trabajaban en la carretera establecían  lazos con sus clientes. Algunos venían una vez a la semana, otros una al mes, los policías cuando hacían las rondas, pero los más frecuentes eran del Grupo Especial, una rama misteriosa de las Fuerzas Armadas que coexistía por encima de las otras policías. Los agentes de esta división, cuando bebían, se jactaban de sus prácticas en los centros de detención, de manejar información privilegiada y de torturar mujeres. Todos les temían, incluso otros uniformados y detectives. No pagaban los servicios sexuales ni la bebida, saldaban sus cuentas con protección.

La Nelly vivía en la población Lo Espejo, y tenía un amante en esta organización. Ramiro era sargento de policía en misión especial. Casado con una enfermera del Hospital Militar en un matrimonio común y corriente. Un hijo de 20 años, una casa con patio, parrilla y perro. Sociable y buen vecino, gustaba del fútbol y los asados. Nunca hablaba de su trabajo, pero contaba con una hoja de servicio larga y oscura. Estuvieron a punto de expulsarlo de la institución por crueldad y excesos en sus prácticas. El golpe militar, no sólo salvó su carrera, sino que lo ascendieron. Sádico e inteligente, con esa viveza macabra y descarriada que produce un pánico frío en la espalda. La Nelly precisaba seguridad, tenía hijos y soportaba con entereza los tormentos que él la hacía realizar para lograr su deleite. A veces la llevaba a potreros y la violaba. Otras, la amarraba al catre y la golpeaba con su cinturón mientras un colega suyo la penetraba por atrás. Ella toleraba todo, sabía que una vez liquidado el deseo, pedía trago y se fumaba un cigarro.

Una noche la llevó a un motel y le dijo que necesitaba algo más que una cacha –como decía – ahora quería información de los extremistas que vivían en su población. No sólo te protegeré de los pacos – explicó – sino te permitiré patinar en Providencia con tus cabros. Ella le respondió que no se metía en política, menos con esas personas, que su familia era religiosa y adherente al gobierno, pero vería lo que podía hacer.

Cuando llegó a la población, fue a hablar con la señora Rosa, una mujer gorda y decidida que todos respetaban. Se murmuraba que era comunista, pero nadie estaba seguro. La gente de la población y los traficantes acataban sus órdenes. Le contó lo de Ramiro y  dijo que estaba asustada. No quiero meterme en líos ni ser soplona, suspiró, tengo dos cabros chicos. Luego de una pausa, habló la señora Rosa: Haremos lo siguiente, entregarás algunos datos para que confíen en ti, pero, ojo, lo más importante es que consigas información de allanamientos y centros clandestinos de detención. Sólo así te puedes salvar. Yo misma te enseñaré cómo hacerlo, no te preocupes. Una cosa, -agregó la señora Rosa-, debes obedecer al pié de la letra lo que yo te diga. Si te ordeno escapar, debes tomar a tus hijos y desaparecer, sin preguntas, si no, hasta aquí no más llegaste con tus críos, esos weones no se andan con jueguitos.

Al día siguiente le entregó varias hojas de papel junto a una bolsa de pan amasado. Cada página contenía reuniones con fecha, hora y lugar para que se las fuera dando de a poco a Ramiro.

La primera vez fue angustiante para ella, pero después, cuando los datos resultaron verdaderos y lograron arrestos, la situación se relajó considerablemente. La Nelly respiró aliviada, con un orgullo muy íntimo, secreto. Le atraía la lucidez calculadora, aquel talento sin piedad de Ramiro.

Nelly nunca fue demasiado bonita, ni tampoco fea. Pero cuando se exhibía en la carretera con faldas cortas y un escote pronunciado parecía una diosa exuberante. Muchos se detenían para saber cuánto cobraba. Sus clientes habituales llegaban a horas definidas y los camioneros, cuando pasaban. La Nelly, de alguna manera, sobresalía entre sus colegas y los travestis del sector. Por eso cobraba más.

La encontraron violada y estrangulada en un terreno baldío, a orillas de la carretera Longitudinal Sur, cerca del Hospital Psiquiátrico. Cuando descubrieron el cadáver, tenía la cara destrozada. Según la policía, el asesino utilizó un alambre de fardo para estrangularla, la golpeó con una piedra o un palo y luego la ultrajó, ya cadáver.

Los detectives de la Brigada de Homicidios buscaron entre los pacientes dados de alta del Hospital y entre algunos homosexuales que circulan por el sector en que fue asesinada Nelly González. La policía estima que el asesino de la prostituta es un enajenado mental, ya que ningún criminal-por muy feroz que sea- se ensaña como lo hizo este sujeto con la infortunada.

El jefe de la Brigada de Homicidios, comisario Luis Valenzuela, puso una dotación de detectives a pesquisar el asesinato de la prostituta. Los hombres de la Brigada de Homicidios, apenas conocido el hecho, se dedicaron a la “recolección” de todas las mujeres que pululan por el sector, paraderos 27 y 28 de Ochagavía, para obtener antecedentes. En esa tarea fueron secundados por la gente de la Brigada de Delitos Sexuales.

Descubrieron que entre la cincuentena de prostitutas callejeras, una decena de homosexuales que “patinan” vestidos de mujer. Es a la caza de estos invertidos que se están dedicando varios policías.

Sin embargo, la pista más prometedora es la indagación entre enfermos mentales que, a la fecha del asesinato, hayan estado de alta. Un par de funcionarios revisan las fichas de los últimos egresos del Psiquiátrico. Cuando tengan una lista de “probables”  se les buscará para interrogarlos.

Una semana antes, la Nelly se había reunido con Ramiro como de costumbre. Hay un tema, dijo él. Ella lo miró sorprendida.

– Toda tu información ha sido verdadera, pero mucho narco y poco terrorista. Muy pocos, dijo con voz fría. Necesito algo fuerte.

 Cuando el auto negro la dejó cerca de la población, la Nelly se fue a hablar con la señora Rosa. Esta vez, la mujer le entregó una lista con dirigentes que participarían en una importante reunión. Con esto te adorarán le dijo cuando le entregaba un lugar, fecha y hora. Es al más alto nivel, señaló. Un bocado que ambicionan hace mucho tiempo. Pero luego de eso debes perderte por un tiempo más o menos largo.

–  ¿Cuándo? -preguntó Nelly

–  Te avisaremos. Por ahora, no vuelvas a verme.

 Ramiro leyó la hoja de papel que le entregó la Nelly y pensó en su hijo. Lo había incorporado a los organismos de seguridad hacía un mes. Es la ocasión para que sobresalga, caviló en silencio.

–  Mi campeón te lo agradecerá -le dijo al despedirse. Ella no entendió.

Ramiro estuvo a cargo de la operación. Colocó a su hijo en la maniobra, en primera fila. Yo no entraré, le dijo. Quiero que te distingas como hombre de acción. Tu futuro es el que está en juego. Su hijo lo miró agradecido queriendo abrazarlo, pero él se retiró hacia atrás y le dijo que se dejara de mariconerías.

Vigilaron el lugar por varios días. Era una casa de villa con viviendas pareadas, todas iguales. Los patios estaban separados por un bajo muro de cemento. Entraban y salían personas extrañas al sitio señalado. Todo era bastante sospechoso para prepararse. Llegó el día de la reunión, un domingo en la mañana. Desde temprano comenzaron a aparecer hombres y mujeres a la dirección marcada. Ingresaban una a la vez. Era, sin dudas, la reunión que esperaban. A las diez de la mañana, Ramiro dio la señal para proceder. El primer grupo de asalto ingresó a casa. Mi tigre, pensó cuando se iniciaba la operación y observaba con lentes de larga vista desde la casa del frente, daba las órdenes con un transmisor.

Lo llamaron con prioridad para decirle que se movilizara urgente al Cajón del Maipo. Un atentado terrorista contra mi general. Capitán, respondió, estoy en medio de una operación. Es una tram…alcanzó a oír, cuando el estampido de la bomba lo dejó sordo y perplejo. El zumbido en el oído lo sostenía inmóvil. Lo único reconocible en él era la mirada, como un animal agonizante y feroz, tratando capturar una presa imaginaria. Los cadáveres, en pedazos, quedaron dispersos por todos lados. Eran residuos humanos vomitados por la explosión. Fue difícil reconocer los trozos de su hijo, le llevó horas. No encontraron un solo terrorista entre los muertos. Son todos nuestros, le informó un subalterno. Subió a su auto negro y llamó a la Nelly.

Ramiro cerró el maletero del auto negro, miró las luces, encendió un cigarrillo y se marchó a la diez en punto. Un perfume persistente penetró en las narices de la Nelly cuando el alambre estrechó su cuello. Era el mismo olor que había sentido de pequeña: pasto húmedo y  aliento de alcantarillas. Alcanzó a ver destellos a los lejos. Eran vehículos que iluminaban a sus colegas. Percibió nítidamente un delicado e inesperado silencio. Sus piernas esbeltas daban la sensación de desamparo. Las espigas incrustadas en sus medias negras conmovían más que nada por el abandono. Una ofrenda inconfundible a su propia soledad. Su cuerpo formaba una imagen parecida a un cuatro. La noche de la Nelly se sorprendió frente a una flor desconocida.

***

Mario Torres Dujisin, nació en Santiago de Chile. Economista titulado en Croacia y sociólogo (E) de la Universidad Católica de Chile. Al término de los estudios en Zagreb, vive en Roma, luego en Mozambique e India. Regresando al país, después de catorce años, desarrolla una editorial que publica revistas especializadas (Mercado Moderno, FerMarket, RayClub, Fechipan, ADC, entre otras). Participa en antologías de cuento en Chile, Croacia y Portugal. Obtiene dos años consecutivos Fondart (Fondos de Cultura y Arte) para la publicación de la revista cultural juvenil, Artefacto. Entre sus publicaciones literarias, destacan “Tren de Aterrizaje”, cuentos en antología, Chile;  “Momentos da vida a cores”, relatos con la pintora Gabriela Fernández Pinto, Portugal; cuentos en la revista litería “Knizevna Rijeka”, Croacia; biografía de Luis Mitrovic, “Herederos sin Legado”, Chile; relatos en “Basta”, publicación contra el abuso infantil y   “Los Dioses Oscuros”, 2013, Chile.