Por Martín Faunes A.
Anoche soñé que soñaba. Es algo que, pese a ocurrirme de vez en cuando, ya sé que no dejará de sorprenderme. Así pasó también en este caso y si bien reconozco que me había dormido pensando en cómo resolver un par de situaciones especiales donde no funcionaba el algoritmo, eso justificaba el sueño original pero no el sueño que soñaba en mi sueño.
De cualquier manera ahí me veía, espectador de mí mismo, reflejado en los brillos de la pantalla sin fuerzas para insistir en lo que ya no me parecía que pudiera resolverse, mientras mi mujer que es sabia, que es buena, me conducía a la cama diciéndome “basta” porque al otro día lo iba a ver todo más claro y más limpio. Y claro, ella que no esperaba a que yo asintiera, me hacía doble click en el ícono donde se cierran las sesiones y de esa manera me apagaba los pensamientos a pesar de que como es lógico en los sueños yo tratara de negarme pero sin la suficiente fuerza, y ella que es más joven triunfaba ante mi voluntad y me desnudaba como cuando yo la desnudaba esas primeras veces. Paradoja de los amantes antiguos: diecisiete años han pasado y esa hija que amamos partió a la universidad y ahora, solos de nuevo, es mi compañera la que me conduce por pasadizos oscuros donde la mayoría de las veces está presente el deseo.
Me dormí entonces pensando en que ella tenía razón y que al día siguiente nada me podría parecer tan grave. La piedra bruta iba a devastarse pareja aunque pesar de eso igual luchaba internamente por darle al cincel un último buen golpe, aunque todo eso era ambiguo porque a la vez me dejaba acunar por mi mujer que, insisto, es linda y es sabia y predice mi comportamiento.
Eso era lo que soñaba: que ella me daba mil caricias y que yo incapaz de negarme –¿y para qué negarme?- me rendía a esa cuna, a su cuna, y ya no podría dar más vueltas en torno a nada en que ella no estuviera presente, por eso ya no más piedra bruta, ya no más cincel. Debe haber sido entonces que empecé a dormirme en el sueño o a soñar que me dormía y soñaba. Y así, en ese sueño dentro del sueño, empecé a soñarme junto a un niño que debíamos cuidar y acunábamos con mi mujer, y él se dejaba cuidar y mimar como si fuera natural que lo hiciéramos, y si bien yo tenía fuerza para preguntarme en el sueño quién era esa criatura maravillosa de dos años o tres que jugueteaba con nosotros, no obtenía respuesta porque ni en sueños la gente se puede responder lo que se desconoce. Además la fuerza que tenía era insuficiente para preguntarle nada a nadie porque una mordaza de sueños me sellaba los labios, y si no podía hablarle a ella de mi sueño mucho menos podría haberle hablado del sueño de mi sueño, tampoco de ese niño que aparecía en mi sueño. No me quedaba sino rendirme entonces y ya no me importaba saber o no saber quién era ese niño que bien podía ser algún sobrino o el nieto que no tengo. Con mayor razón si su parecido con nuestra hija era evidente.
Así ocurre en los sueños y más aún en esos sueños que surgen en medio de los sueños, así que rendido a esa sutil ignorancia, caminaba en mi sueño por la orilla de la playa de la mano del niño que era hermoso e iba desnudo porque no necesitaba cubrirse y todos los que se cruzaban ante nosotros salpicándonos la arena mojada le acariciaban la cabeza y le sonreían, entre ellos mi mujer que no caminaba al lado nuestro pero a cada cierto tiempo distinguíamos su presencia anunciada por su sonrisa de ojos brillantes entre las cientos de sonrisas que nos brindaba la muchedumbre de la playa y que el niño respondía sin soltarse de mi mano.
Es que confiaba en mí el niño de mi sueño, y era osado: cuando decidí ir hacia las olas ahí vino conmigo, y cuando quise nadar hacia las boyas de la playa de Los Molles ahí venía él también nadando cerca mío ya fuera por encima de las olas o buceando, pájaros pardos submarinos para atrapar a una estrella marina que después en nuestro sueño liberábamos y entonces la veíamos como se alejaba de nosotros saludándonos con un mecer de sus puntas: brazos agitados y pañuelos oceánicos del sueño de mi sueño.
Y de vuelta en la cabaña secábamos con mi mujer a ese niño maravilloso, tal vez hijo de mi hija, y yo, enfrentado al computador, dejaba en sueños que aquella criatura adorable manejara el mazo y ese cincel simbólico representado por el mouse y condujera con él mis aplicaciones por íconos que yo desconocía y que no sólo nos permitían ir por sendas ignoradas que resolvían el problema de mi sueño previo, sino me advertían de campos antiguos, demasiado cortos y por lo tanto incompatibles con los cuatro dígitos necesarios para las fechas de este milenio.
Parecía un sueño aunque realmente lo fuera: el niño recién bañado y secado por mi mujer me iluminaba para resolver mis problemas y no parecía haber para él verbos restringidos, y no sólo resolvía para mí los problemas actuales cotidianos sino otros que aún no se habían siquiera presentado. Y eso que ya era increíble lo era más todavía para mí que como agnóstico me cuesta creer que Jesús exista. Intentaba por eso razonar en la nebulosa de mis sueños en si acaso Jesús no estaría presente en el espíritu de los niños y niñas del mundo al menos en su belleza y en su inteligencia. Eso al menos me parecía en el niño del sueño de mi sueño que se parecía tanto a nuestra hija y que bien podría haber sido su muchacho. Maravilloso el sueño de mi sueño en que escuchaba además música que tras un esfuerzo lograba darme cuenta de que interpretaban a Mozart, guitarra y flauta traversa que mi mujer y el niño tocaban en un arreglo hecho por él mismo, ese chiquillo maravilloso.
El sueño de mi sueño terminó cuando desde el sueño del origen vi que nos dormíamos con mi mujer abrazados, y abrazados también del niño para quien el dormirse con nosotros parecía natural, inclusive se sujetaba con sus manitos del cabello de mi mujer como si pudiera existir mujer en el mundo capaz de abandonar a una criatura como ésa.
Tal fue el final de aquellos sueños anidados y el final del sueño original llegó con mi mujer, la misma que me acunara en la víspera y me condujera a su nido de caricias. Esa mujer que es sabia, hermosa, más llena de vida, sonreía para mí mientras esperaba paciente que volviera de mi sueño y del sueño de mi sueño; y cuando por fin me percibió despierto me contó sin dejar de sonreír que estaba esperando un hijo. Y lo dijo así de sopetón y agregó asegurándolo que durante la noche se había dado cuenta y que no tenía posibilidad de equivocarse. Eso dijo mi mujer y me lo dijo contenta y continuó sonriendo hasta que notó que a mí esa noticia no lograba sorprenderme.
Le debía una explicación y quise dársela. Le dije que si para mí eso no era sorprendente no era porque no quisiera un hijo suyo sino lo contrario, pero que yo esa noche ya había conocido a nuestro hijo y se trataba de alguien maravilloso, se lo podía garantizar y me atrevía a adelantarlo. Acto seguido le conté sin ocultar mi orgullo que nuestro hijo corría de mi mano por la playa, que no se asustaba de las olas, que fraseaba con la flauta como un maestro y que manejaba el mouse como los dioses.
Cuando me preguntó cómo podía saber todo eso y aún asegurarlo, le conté que había soñado que soñaba y que ello era algo que aunque me ocurriera algunas veces ya sabía que no iba a dejar de sorprenderme.
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* “Anoche soñé que soñaba”, fue publicado por primera vez en la revista “Tiempo de Software”, y posteriormente en “Fantasmas en la red”, Editorial Cuarto Propio, 2002.
