Por Rolando Rojo R.

 -Eh, chilenito puto, ¿qué hacés esta noche? –gritó Otárola desde su apestoso cuarto vecino. No le di un cinco de pelota y continué inmóvil sobre la cama, dejándome invadir por el maldito calor que se pegaba en mi piel como una insoslayable gasa húmeda.

Las gotitas de sudor se formaban sin apuro entre los pliegues de las verijas y el cuello. Apenas eran las diez y sólo empezaría a refrescar pasada la medianoche. Eso lo sabíamos los que llevábamos dos o más años de exilio en Buenos Aires. “¡Contestá, che!”. El viejo continuaba hinchando las pelotas desde el otro lado de la pared. Para ignorarlo, colgué la mirada en el cielo raso y me entretuve con la arañita de patas largas que se acercaba al cordón de la ampolleta, donde negreaba un apetitoso banquete de moscas atontadas de calor. “¡Che, boludo, hablá de una vez!” Ahora Otárola zapateaba el muro divisorio. Lo maldije en silencio mientras me rascaba frenético los hongos que me comían los dedos de los pies. El viejo Otárola había llegado a la pensión del barrio San Telmo hacía un par de meses, “directamente desde las mazmorras”, como acostumbraba a confidenciar en nuestras desesperanzadas reuniones de célula. Sin embargo, todos sospechábamos que era una sucia mentira del exilio. El viejo había caído en descrédito desde el día en que se vanaglorió con que, aquella mañana del once, había guaraqueado sin dar ni pedir tregua desde la terraza de un Ministerio, pero cuando los muchachos de la pensión le pasaron una Lugger engrasadita, se cagó, literalmente, en las patas. Otra de sus debilidades insoportables era imitar la tonadita del porteño que nos revolvía las tripas. Empezaba a incorporarme del camastro, cuando la presencia del viejo se recortó nítida en el marco de la puerta. “Vestite, che, mirá que dos palomas nos esperan a cenar esta noche”, -ordenó enérgico y se empapó las mejillas con una colonia repugnante. Después, como recriminándome, agregó: “No pensarás quedarte solo en la pensión”. Entonces lo mandé a la mierda, que dejara de joder, que no había nada que celebrar. “¡Nada. Entiendes, viejo de mierda”! Le grité en las narices. El viejo me miró sorprendido y echó a correr escalas abajo. A los quince minutos regresó con una botella de coñac  y un paquete de cigarrillos. “Si vos te quedás, yo me quedo con vos”, filosofó solidario y cargó los vasos de plástico hasta el borde. Bebimos en silencio un alcohol que nos quemó hasta el contre. Tendidos en la azotea del viejo hotel, nos pusimos a echar humito entusiastamente. Parecíamos compartir la sensación de que todo empezaba y concluía en el filo de nuestras uñas. De pronto, el viejo me miró y dijo como cansado: “Yo me voy, hermano. Palabra. Llega la maldita visa y parto de este muladar tercermundista. Europa es otra cosa. ¿No te parece? Me volteé calmadamente. Levanté ambos brazos y le dije muy lento, muy sosegadamente: “Quiero pedirte dos cosas. Primero que dejes de hablar esa apestosa jerga y segundo, que bajes a comprar otra de esta porquería”. Otárola sonrió. Se pasó la mano por el pelo burdamente teñido y cuando saltaba los escalones de dos en dos, gritó en la miserable soledad de la pensión: “¡Eres un perfecto hijo de putas, chileno carajo!”.

Desde el Paseo Colón llegaba diluida la música de un tango y los barcos empezaban a desenrollar las sirenas en la dársena sur. Un estruendo de fuegos de artificio anunció las doce de la noche. Nos levantamos de las baldosas calientes y nos estrechamos en el tradicional abrazo, para desearnos “un feliz año nuevo, hermano”, aunque los dos sabíamos que era una sucia mentira del exilio. Abrimos otro paquete de cigarrillos y bajamos la segunda botella que ahora pasaba, sin remordimiento, por el gargüero. “¿Tienes familia en Chile?”-preguntó el viejo con la colilla colgando de los labios secos. Hice una mueca imprecisa para que la interpretara a su modo. Tendidos de espalda en la azotea, nos dejábamos mecer en las olas de una borrachera monumental. “Va a llover” –dijo Otárola, escarbando el cielo repentinamente gris. Una brisa tibia empezó a balancear la ropa en los cordeles. “¿Sabes una cosa, viejo?” –dije en el paréntesis de un silencio. “Yo voy a regresar”. Me encaramé de un salto en el murito de contención y solté una encantadora pichada desde el quinto piso a la calle. “¡Por el maldito demonio que voy a regresar!”, -grité con fuerza, mientras escribía con meado algo así como Chile. Otárola se estremecía como un mástil bajo la noche nublada de Buenos Aires. “¡Mira, chileno puto!” –dijo cuando se tranquilizó.-Vos y yo estamos tendidos en esta terraza de mierda, perfecto. Las luces de la ciudad brillan endemoniadamente tentadoras, perfecto. Millones de terrícolas se divierten en todos los rincones del planeta, perfecto. Pero solo a nosotros, dos palomitas nos esperan esta noche para hacer el amor como ni Calígula lo imaginó nunca.  

 Con los brazos cruzados por encima de los hombros y absolutamente zigzagueantes, nos fuimos caminando por la Nueve de Julio,  cantando aquello del dime dónde vas morena dime dónde vas al alba .Los primeros goterones del temporal empezaban a rebotar en el asfalto, cuando el viejo midió la descomunal altura de un edificio roñoso como los lamentos. “Aquí es hermano” –dijo abocinando las manos en la boca y gritando como si le cortaran las venas: “¡El pico tiene sus razones que la razón desconoce!”. Desde las ventanas nos respondieron con puteadas, gritos y tangos. Otárola me arrastró hasta un ascensor prehistórico y, en el último piso, nos acomodamos un traguito gorgoriteado entre las costillas, después continuamos subiendo por una desastrosa escala de cemento. Cuando intenté protestar, el viejo me miró como si lo fueran a fusilar al amanecer. Me tomó por el hombro y me hecho un aliento de infierno en las narices: “¡Maldición, hermano! Sólo tenemos esto, ¿entiendes? Ni ayeres ni mañanas, maldito sea. Tócame, tócame un cachito, ¿ves? Esto que palpan tus asquerosas manos se equilibra entre dos abismos. ¡Somos cabronamente imperfectos, hermano! Una explosión de truenos y relámpagos petrificó el hocico del viejo y la lluvia se descargó con la fuerza de un torrente. Golpeamos un remedo de puerta y cuando empezábamos a chapotear como botes averiados, los goznes  crujieron lastimosamente.

-¡Oh, Dios Todopoderoso! –exclamé al ver la mole de grasa negra  que nos franqueaba la entrada con un “pasen chicos”, carraspeado y nicotinoso. La bola azabache iluminaba el universo con el blanco almendrado de sus ojos. Otárola desmaniató un “dichosos los cristales que os ven, divina Bella”. La negra cimbreó las caderas, bamboleo un par de tetas renacentistas y nos ordenó seguirla hasta el cuarto miserable que lucía el santoral en pleno y amarillentos retratos de Gardel. “Zaira te esperó hasta las doce y pico, che” -informó la negra esplendida, arrellanando las gorduras en un sillón de mimbre y sorbiendo, graciosamente,  el mate amargo. Se había desprendido el chal que le cubría los hombros y las tetas brillaban ahora domo dos girasoles de grafito. “¡Mierda, mierda, mierda. ¡Todo está cancelado, Bella! ¡No me puedes hacer esto, mujer!” Otárola golpeó repetidamente la mesita de centro, pero la hembra se limitó a abrir los ojos como de luna llena, se sacó la bombilla de los labios carnosos y replicó tranquilamente: “¡Ya no llegará hasta el amanecer. Si querés la esperás!” El viejo me miró como disculpándose, como diciendo así es la vida, hermano, o como si el recuerdo de una copia feliz del edén se nos atravesara en el buche del alma. Cuando intenté solidarizar, volvió a golpearnos la voz aguardentosa de la diosa de ébano. “Pero no os aflijáis, pichones. Aquí está la pequeña Antonieta que los puede atender”. Miramos sorprendidos  hacia el mismo rincón y nos topamos con unos ojitos temerosos que nos espiaban desde la penumbra. Otárola caminó hacia el ángulo oscuro y cogió a la negrita por la cintura. Le manoseó los pequeños senos. Le repasó la colita con dedos tembloroso. La obligó a babosearle la copa- “¿Te comerías este chocolatito, hermano?” La carcajada de corsario ebrio se perdió entre el temporal que estremecía los tejados de Buenos Aires. “Escúchame un cachito.- dijo, sentando a la negrita en las rodillas y  perdiendo la mano bajo el vestidito floreado.- Si querés regresar es asunto tuyo, pero no encontrarás una mierda. Nada será como antes. ¿Entiendes eso? ¡Nada! Perfecto, tú decides, pero jamás olvides que el viejo Otárola te lo advirtió a tiempo”.

Presentí que, en cualquier momento, me iría de bruces sobre la mesa. Me palpitaban las sienes y las primeras arcadas anunciaban el desenlace funesto de mis tripas. Salí a la terraza y dejé que la lluvia me empapara hasta la última uña. Una cascada brumosa diluía el resplandor de los luminosos y azotaba las techumbres con estruendos metálicos. Al rato, sentí una manito cálida apoyada en mis riñones. Era la pequeña Antonieta fantasmeando bajo la lluvia con sus enormes ojos tristes. “No me abandones a ese salvaje” –imploró en un susurro y comenzó a acariciar mi rostro mojado. Sólo Dios  sabía si la negrita lloraba, reía o ambas cosas a la vez. Me ofreció la carnosidad de sus labios y el aliento ácido de su cuerpo. “¿Crees que en alguna parte llueva de esta manera?” –pregunté aprisionándola por la cintura. Ella alzó la mirada y dijo: “Sólo en el cielo de los negros”. Sabía que si me echaba a llorar ya no podría parar. Las palabras de Otárola seguían martirizando jodidamente la zona donde habitaba el mote con huesillos, el Mapocho cabrío como la rotería misma, las barricadas frente al Pedagógico, el Mejillones yo tuve un amor golpeteado al piano del Black and White, los pequeños sexos anónimos que aprisionábamos en la matiné del Toesca, los cadenazos compartidos con Patria y Libertad bajo la mirada ecuestre del general Baquedano, el Gloria al Pulento  anunciando el Apocalipsis desde el centro mismo de la Plaza de Armas, las Cachas Grandes, diluviando Sandros y cervezas desde el wurlitzer, la penumbra pegajosa de la  Posada del Corregidor , las tertulias de Il Bosco, la Virgen en el cerro, La Carlina en Vivaceta, los acacias de mi barrio, las peleas en el México, los goles de la Unión en el Santa Laura, agarrado al brazo de mi viejo una tarde de domingo, y tantas, tantas porquerías más que le habían  instaurado a mi personita un espacio bajo las estrellas, la pequeña Antonieta se desprendió el vestidito floreado y me ofreció su cuerpo desnudo como una estatuilla de alquitrán. La apreté contra mi pecho y pronto estaba  besándole los ensortijados cabellos, acariciándole los muslos, sujetando el traserito que se me escapaba como pececillo perfecto bajo la lluvia. “Quédate conmigo” -volvió a implorar, mientras sus manitas desataban una férrea y maravillosa erección. La apoyé contra el muro y la penetré lenta y delicadamente. Buenos Aires palpitaba bajo el temporal y allí estábamos nosotros, desnudos, mojados, temblorosos, burlándonos del asqueroso mundo que se extendía más allá de nuestros párpados cerrados. Y, sobre todo, esforzándonos como dos náufragos, para que aquello no terminara nunca. ¡Voy a regresar! ¡Voy a regresar! ¡Voy a regresar, viejo de mierda! Voy a regresar antes de que este temporal me arrastre a alguna alcantarilla y me pierda en las cloacas de Buenos Aires.¡¡Por el maldito demonio que voy a regresar!! –grité lleno de gozo bajo la lluvia que ahogaba al mundo.

 

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Este cuento obtuvo Mención Honrosa en el Segundo Concurso de Cuentos, Diario La Época, 1990.