Por Bartolomé Leal
Condumio
No es fácil para el viajero modesto comer en Egipto. Vagábamos con Andrea un anochecer por Luxor, cuando el calor había cedido, en busca de una alternativa a los hoteles caros.
En el barrio de los mercados hallamos una sencilla fonda, de mesas colectivas en la acera. Apenas quedaban vituallas. Nos mostraron unos potes de cerámica con diversos budines, de berenjenas, zanahorias, espinacas y otras legumbres. Se hallaban dentro de una alacena. Elegimos un par, que llevaron a calentar. Nos trajeron pan pita, limonada, unos tomatitos mustios y salsa de sésamo. Vimos por la calle asomar un joven europeo, alto y robusto, de piel rosada, vestido a la usanza local, con caftán a rayas y fez multicolor. Al vernos comiendo, preguntó en francés si estaba bueno. Asentimos, señalando la alacena. El hombre golpeó las manos y trazó con ambos brazos un amplio gesto que, en ese ambiente, asemejó un pase mágico destinado a que se le abriera el escondite secreto de las delicias.
Luego se sentó solo y callado a saborear sus hallazgos en la penumbra. Como aquel personaje de Stevenson, se le veía contento de no tener que ocultar su corazón tras un rostro sonriente.
De profundis
Mauricio Müller, uruguayo y crítico musical era mi amigo y padre putativo en Nairobi. Tal como mi padre biológico, había nacido en 1920. Un día me regaló un disco, de su colección. Chiquito, me dijo, este es el De profundis de Michel-Richard Delalande. ¿Te suena? Nada, me imagino, se respondió, al ver mi gesto de ignorancia. Eres una nulidad absoluta. Fue un compositor barroco de la corte de Luis XIV. Escucha esta música, que ilustra el Salmo 130 de la Biblia, aquél que dice: “desde lo más hondo clamo a ti, señor”. ¿Entiendes el sentido? Que nulo eres. Desde lo más profundo de la miseria y el pesar, pido perdón, eso quiere decir.
Escucha, me dijo Mauricio, yo soy judío, tú eres católico, ambos hemos evolucionado a agnósticos, ateos o lo que sea, sobre todo por pereza, para no pensar en el misterio insondable de Dios. Pues que esta música sublime te acompañe en los momentos de aflicción. Amén, le respondí.
Demonios aullantes
Ocurrió en Luxor, la Tebas del Egipto antiguo, visitando una mezquita histórica. Andrea irrumpió hacia su interior, para escapar del sol abrasador, olvidando quitarse las sandalias y las restricciones a las mujeres. Más atrás veníamos el guía y yo. No pudimos detenerla. Mi amiga deliraba de calor, en su estilo intransigente. El encargado se lanzó contra ella, los ojos salidos de las órbitas y aullando como un demonio, mientras enarbolaba un cayado. No llegó a golpearla, claro. Nuestro guía, un profesor retirado, cristiano copto, enfrentó al guardián bastón en ristre, aullando con no menos fiereza. Aquí se matan, pensé. De repente callaron. El guía me dijo: bakshish. ¿Cuánto?, le pregunté. Tantas piastras. Le entregué el doble para asegurarme. El guardián empochó las monedas sin mirarlas, agraciándonos con una mueca que parodiaba una sonrisa. Ingresamos, no sin antes descalzarnos.
Lo miré con odio soterrado, como ese codicioso héroe de O’Henry para quien un dólar en la mano de cualquier prójimo era una especie de ofensa personal.
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Bartolomé Leal
Escritor chileno de novela policial y negra. Practica la crítica de cine, cerveza, narrativa de ficción, relatos de viajes y memorias, arte africano y arte precolombino. Durante los años 80 y 90 ha escrito sobre cine (revista Enfoque), cerveza (revistas La Noche y Litoral) y literatura (revista Análisis).
En “La Ramona”, suplemento cultural del diario Opinión de Cochabamba, Bolivia, ha publicado desde 2005 más de un centenar de textos en sus columnas “Cuentos & Cuentistas”, “Memorialistas & Viajeros” y “Feria Libre”. Colaborador del blog literario Ecdótica, donde anima la columna “El Cuento del Mes”. De allí salieron sus antologías Cuentos para 1 año (Cochabamba 2012) y Cuentos para 1 año 2. Género policial (Cochabamba 2013).
Ha publicado los libros Linchamiento de negro (novela, Santiago 1994 – traducida al inglés), Morir en La Paz (novela, Barcelona 2003; Cochabamba 2012 – traducida al alemán), En el Cusco el Rey (novela, Nuevo Milenio, Cochabamba 2007; Espora Ediciones, Santiago 2013), El caso del rinoceronte deprimido (novela corta, Nuevo Milenio, Cochabamba 2009), Pequeñas muertes negras (cuentos, Mosquito, Santiago 2009), y Memorias de un asesino en serie (folletín, Cochabamba 2012).
Cuentos suyos están incluidos en las antologías del relato policial chileno Crímenes Criollos (Mosquito 1994), y Letras Rojas (Lom 2009), en selección de Ramón Díaz Eterovic. Sus últimos libros de relatos son Historias del muñeco vudú (Planeta Sostenible 2013) y El arte de la parábola (Plaza de Letras 2014).
Nutre regularmente un blog de novela negra llamado “Bartolomé Leal al habla”, en el sitio libreros.cl
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EL ARTE DE LA PARÁBOLA
Bartolomé Leal
Una original colección de microcuentos
El microcuento o minicuento es un género que ha estado de boga en los últimos años como producto del concepto más o menos mítico de que la gente no lee otra cosa que textos breves. No hay tiempo para leer libros demasiado largos, otras formas de comunicación como la imagen parecen más seductoras. El microcuento es un subgénero menor, forzado. Sin embargo, ha habido escritores de alto vuelo que han dejado ejemplos de atractivos microcuentos que conforman, a menudo, parte esencial de su obra.
Tal es el caso del mexicano Juan José Arreola, quien fiel a su estro fantástico produjo textos dignos de cualquier antología. Siempre en castellano, el español Max Aub trabajó el microcuento negro en sus ingeniosos Crímenes ejemplares (1957), así como el guatemalteco Augusto Monterroso, a menudo citado. En el dominio italiano, Italo Calvino es el autor de Las ciudades invisibles (1972), una de sus obras maestras. Borges y Cortázar dejaron por su parte la vara alta en este ámbito. Imposible no mencionar también al norteamericano Fredric Brown, virtuoso del relato brevísimo en dos géneros: policial y ciencia-ficción.
La proliferación del microcuento ha dado origen a concursos de textos de 100 o 200 palabras; o tan breves como un Twit. No hay muchos productos memorables allí, salvo excepciones. Lo que falta a menudo es un concepto original, una forma de abordar el género apuntando más allá del menudeo de palabras.
Lo que ha hecho Bartolomé Leal es un tour de force al menos diferente. Por un lado ha rescatado el viejo género de la parábola evangélica, de por sí un microcuento que se nos aparece, dentro de los libros del Nuevo Testamento, como una inserción dentro de la narrativa más amplia que se ocupa de la vida y milagros de Nuestro Señor Jesucristo. El nazareno predica en parábolas, como una forma que entiendan mejor su mensaje, con ejemplos sacados de la vida real de su tiempo. El otro elemento que Leal trabaja en sus cuentos es justamente el tema religioso, ampliando el alcance de las parábolas a las diferentes religiones actuales, poniendo énfasis en uno de sus aspectos se podría decir menos espirituales: cómo se han transformado en una fuente de intolerancia a menudo altamente destructiva.
Hay mucho más en este breve libro. Desde ya la ilustraciones, que le confieren una dimensión contemporánea por estar concebidos según la estética del cómic; un prólogo que relaciona la parábola literaria con la parábola geométrica; un humor a veces cáustico que castiga la falta de mesura y consecuencia de muchos creyentes; y, finalmente, un cuidado en la redacción, o sea la elección de las palabras que se escogen para narrar. Esto para que no olvidemos, como afirma Leal, que la palabra “palabra” era originalmente «parabla» (significando símil de la realidad), creada por el hombre para enseñar o compartir, no para ofender, cerrando así un círculo que da mucho para pensar, como las parábolas mismas.
Wilberio Mardones
Crítico literario
Magazine «Los pueblos», Nuevo México
(EL ARTE DE LA PARÁBOLA, Bartolomé Leal, Ediciones Plaza de Letras, Santiago, Chile, 2014, 146 páginas)
